"Un perro es perro": el memo que nadie quiso firmar
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Un especialista en crianza de perros de exposición soltó en Celaya una frase que promete dividir mesas de café por semanas: "Un perro es perro, no es humano". El médico veterinario, criador y entrenador advirtió que humanizar a las mascotas —trasladarles hábitos alimenticios, comportamientos y cuidados que no corresponden a su biología— puede convertirse en una forma de maltrato. Y sí, técnicamente tiene toda la razón. El detalle es a quién se lo está diciendo.
Porque el señor lanzó su tesis biológica justo en el estado donde el perro ya es, para fines prácticos, ciudadano con derechos. En Irapuato realizaron doscientas cincuenta esterilizaciones gratuitas; en León preparan trescientas más; en Celaya la policía canina saca a pasear a Athena, Kayla y Omega ante ciento cincuenta estudiantes como si fueran estrellas de rock. Aquí al lomito se le opera gratis, se le entrena para dar exhibiciones y se le nombra por su nombre de pila. Dígale usted a esa señora que su Firulais "es perro, no es humano": lo va a correr con todo y diploma.
El punto científico se agradece: darle chocolate, disfrazarlo en cada quincena o servirle la misma sopa que a la familia no es amor, es descuido con moño. Un perro necesita comida de perro, ejercicio de perro y límites de perro, no una silla en la mesa navideña. En eso el especialista merece aplausos y una palmadita.
Pero convengamos que la frontera entre "tratarlo bien" y "tratarlo como güerito consentido" es más borrosa que carretera guanajuatense sin señalética. Entre el que abandona a su mascota en un baldío —problema real y creciente en la región— y el que le compra abrigo de invierno, uno prefiere mil veces al del abriguito. El maltrato de verdad no es el exceso de cariño: es la banqueta, el hambre y el olvido. Así que tomemos el consejo del experto con croqueta y sin drama: menos pastel de cumpleaños para el perro, más esterilización y adopción para todos. El perro será perro; el dueño, ojalá, cada vez más humano.
Porque el señor lanzó su tesis biológica justo en el estado donde el perro ya es, para fines prácticos, ciudadano con derechos. En Irapuato realizaron doscientas cincuenta esterilizaciones gratuitas; en León preparan trescientas más; en Celaya la policía canina saca a pasear a Athena, Kayla y Omega ante ciento cincuenta estudiantes como si fueran estrellas de rock. Aquí al lomito se le opera gratis, se le entrena para dar exhibiciones y se le nombra por su nombre de pila. Dígale usted a esa señora que su Firulais "es perro, no es humano": lo va a correr con todo y diploma.
El punto científico se agradece: darle chocolate, disfrazarlo en cada quincena o servirle la misma sopa que a la familia no es amor, es descuido con moño. Un perro necesita comida de perro, ejercicio de perro y límites de perro, no una silla en la mesa navideña. En eso el especialista merece aplausos y una palmadita.
Pero convengamos que la frontera entre "tratarlo bien" y "tratarlo como güerito consentido" es más borrosa que carretera guanajuatense sin señalética. Entre el que abandona a su mascota en un baldío —problema real y creciente en la región— y el que le compra abrigo de invierno, uno prefiere mil veces al del abriguito. El maltrato de verdad no es el exceso de cariño: es la banqueta, el hambre y el olvido. Así que tomemos el consejo del experto con croqueta y sin drama: menos pastel de cumpleaños para el perro, más esterilización y adopción para todos. El perro será perro; el dueño, ojalá, cada vez más humano.