Pago los daños, pero usted primero: la generosidad con letras chiquitas
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En el catálogo de ofrecimientos memorables de la política michoacana acaba de entrar una joya. Un empresario aguacatero, del ala del sombrero, se dijo dispuesto a cubrir los daños causados a La Sombreriza en el Congreso local. Noble gesto, hasta que uno lee la letra chiquita: lo hará siempre y cuando otros —según él— paguen antes lo que deben. Es decir, saca la cartera, pero la deja cerrada con una condición del tamaño de una hacienda.
Estamos ante el único ciudadano capaz de llegar a saldar una cuenta poniendo como requisito que alguien más salde la suya primero. Un mecenas con cláusula suspensiva. La beneficencia con candado. 'Yo pago lo roto', dice, 'en cuanto tú recojas los pedazos'. Con esa lógica, ningún plato roto de México se pagaría jamás: todos estaríamos formados esperando a que el otro ponga el primer peso sobre la mesa.
El ofrecimiento condicionado es una pequeña obra maestra del ajedrez provinciano: se ve espléndido en el titular, pero por debajo mueve la responsabilidad a la casilla del vecino. Quien acepte parece deber; quien no acepte, parece deudor. Y mientras tanto, La Sombreriza sigue con sus daños intactos, esperando pacientemente a que el orgullo de los involucrados baje de precio.
Lo mejor del asunto es el simbolismo: un movimiento que se abandera con el sombrero convirtiendo un desperfecto en tablero de negociación pública. Ya no se trata de reparar; se trata de ganar el debate sobre quién debía reparar. En Michoacán, hasta la disculpa material viene con condiciones, plazos y un 'usted primero' de por medio.
Que quede claro: nadie está obligado a pagar lo que no debe, y poner condiciones es legítimo. Pero anunciar la generosidad a bombo y platillo para luego amarrarla a que el prójimo mueva primero es querer el aplauso sin soltar el cheque. En el fondo es la vieja escuela: prometer en público, condicionar en privado y cobrar la foto de inmediato. Ofrecer sin condiciones sería demasiado fácil; aquí, hasta la buena voluntad se paga a plazos y con aval.
Estamos ante el único ciudadano capaz de llegar a saldar una cuenta poniendo como requisito que alguien más salde la suya primero. Un mecenas con cláusula suspensiva. La beneficencia con candado. 'Yo pago lo roto', dice, 'en cuanto tú recojas los pedazos'. Con esa lógica, ningún plato roto de México se pagaría jamás: todos estaríamos formados esperando a que el otro ponga el primer peso sobre la mesa.
El ofrecimiento condicionado es una pequeña obra maestra del ajedrez provinciano: se ve espléndido en el titular, pero por debajo mueve la responsabilidad a la casilla del vecino. Quien acepte parece deber; quien no acepte, parece deudor. Y mientras tanto, La Sombreriza sigue con sus daños intactos, esperando pacientemente a que el orgullo de los involucrados baje de precio.
Lo mejor del asunto es el simbolismo: un movimiento que se abandera con el sombrero convirtiendo un desperfecto en tablero de negociación pública. Ya no se trata de reparar; se trata de ganar el debate sobre quién debía reparar. En Michoacán, hasta la disculpa material viene con condiciones, plazos y un 'usted primero' de por medio.
Que quede claro: nadie está obligado a pagar lo que no debe, y poner condiciones es legítimo. Pero anunciar la generosidad a bombo y platillo para luego amarrarla a que el prójimo mueva primero es querer el aplauso sin soltar el cheque. En el fondo es la vieja escuela: prometer en público, condicionar en privado y cobrar la foto de inmediato. Ofrecer sin condiciones sería demasiado fácil; aquí, hasta la buena voluntad se paga a plazos y con aval.