Dios quiere a todos, pero por lo visto solo abre sucursal en La Minerva
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Hay frases que nacen para columna, otras para meme, y unas cuantas, las verdaderamente bendecidas, para las dos cosas. La de esta semana la firmó el gobernador Pablo Lemus después del concierto gratuito de Maná en La Minerva, donde se reunieron alrededor de 170 mil personas para cantarle cuatro décadas de éxitos a la banda más tapatía del planeta. Eufórico por el saldo blanco, el buen clima y el ambientazo, el mandatario soltó: 'Dios quiere a todo el mundo, pero despacha en Jalisco'.
Uno entiende el entusiasmo. No todos los días una glorieta se convierte en estadio espiritual, con drones documentando que sí, que cabían 170 mil almas cantando 'Rayando el sol' como si fuera oración colectiva. El gobernador lo presentó, además, como el cumplimiento de un proyecto que llevaba años persiguiendo con la propia banda. Sueño cumplido, foto histórica, hashtag asegurado. Hasta ahí, todo bendito.
El problema con invocar a la divinidad es que la divinidad, dicen, escucha todo. Y si Dios efectivamente despacha en Jalisco, le tocó una agenda complicada: la misma semana, a unos metros de esa Minerva, colectivos de búsqueda colgaban mantas para recordar que el estado y el país arrastran una crisis de desapariciones que no cabe en ninguna glorieta. Resulta que el horario de atención divino tiene fila, y no precisamente para autógrafos.
Lo cierto es que el concierto fue un éxito logístico y nadie va a regatearle a Jalisco su don para la fiesta: aquí se organiza un evento masivo, se llena, se canta y se va a casa sin novedad mayor. Ese talento es real. Lo que conviene recordar es que administrar el júbilo de una noche es más fácil que administrar las promesas que vienen con el micrófono. Porque cuando un funcionario se sube al estrado de lo sagrado, ya no lo califican por cuántos cupieron en la plaza, sino por cuántos pendientes dejó afuera.
Mientras tanto, brindemos por Maná, por los 170 mil que aguantaron horas de pie, y por una frase que seguirá despachando en redes sociales mucho después de que se apaguen las luces de La Minerva. Dios dirá. En Jalisco, eso sí, con previa cita.
Uno entiende el entusiasmo. No todos los días una glorieta se convierte en estadio espiritual, con drones documentando que sí, que cabían 170 mil almas cantando 'Rayando el sol' como si fuera oración colectiva. El gobernador lo presentó, además, como el cumplimiento de un proyecto que llevaba años persiguiendo con la propia banda. Sueño cumplido, foto histórica, hashtag asegurado. Hasta ahí, todo bendito.
El problema con invocar a la divinidad es que la divinidad, dicen, escucha todo. Y si Dios efectivamente despacha en Jalisco, le tocó una agenda complicada: la misma semana, a unos metros de esa Minerva, colectivos de búsqueda colgaban mantas para recordar que el estado y el país arrastran una crisis de desapariciones que no cabe en ninguna glorieta. Resulta que el horario de atención divino tiene fila, y no precisamente para autógrafos.
Lo cierto es que el concierto fue un éxito logístico y nadie va a regatearle a Jalisco su don para la fiesta: aquí se organiza un evento masivo, se llena, se canta y se va a casa sin novedad mayor. Ese talento es real. Lo que conviene recordar es que administrar el júbilo de una noche es más fácil que administrar las promesas que vienen con el micrófono. Porque cuando un funcionario se sube al estrado de lo sagrado, ya no lo califican por cuántos cupieron en la plaza, sino por cuántos pendientes dejó afuera.
Mientras tanto, brindemos por Maná, por los 170 mil que aguantaron horas de pie, y por una frase que seguirá despachando en redes sociales mucho después de que se apaguen las luces de La Minerva. Dios dirá. En Jalisco, eso sí, con previa cita.