El Castillo que no se renta para fiestas, pero se rentó para una fiesta
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En el manual no escrito de la administración pública mexicana existe una regla de oro: las prohibiciones aplican estrictamente para todos, salvo para quien llega con el cheque adecuado. Esta semana esa regla quedó documentada en piedra, literalmente en la piedra del Castillo de Chapultepec.
La propia presidenta Claudia Sheinbaum confirmó que la FIFA rentó el recinto histórico para una cena de gala previa a la inauguración del Mundial, y que el organismo habría pagado más de un millón de pesos por el uso del lugar. 'La FIFA rentó, creo que pagó más de un millón de pesos, que la Secretaría de Cultura nos diga', declaró, en una de esas frases donde el monto y la duda viajan en el mismo asiento.
El detalle delicioso llegó después: el sitio oficial del Museo Nacional de Historia establece que el Castillo de Chapultepec no está disponible para la realización de eventos sociales o empresariales. Es decir, el inmueble que cualquier ciudadano de a pie no puede apartar ni para los quince años de su hija, ni para una boda, ni para una conferencia de ventas de tuppers, se transformó por una noche en salón de banquetes para los señores del balón.
Uno imagina la escena: el mismo recinto donde se enseña a los niños la gesta histórica nacional, ahora con manteles largos, copas de cristal y la pregunta flotando entre las cúpulas: ¿desde cuándo 'no se renta' significa 'no se renta, a menos que'? La FIFA, esa organización que convierte plazas públicas en centros comerciales con pago electrónico obligatorio, encontró en México a un anfitrión dispuesto a leer su propio reglamento como sugerencia.
Lo más mexicano de todo no es la renta. Es la naturalidad. Nadie fingió escándalo, nadie corrió a tapar nada: se informó el monto, se sugirió preguntarle a Cultura los detalles y la vida siguió. Porque al final, en este país, las reglas son como las vallas del Fan Fest: firmes, imponentes y perfectamente derribables cuando llega el invitado correcto con prisa por entrar.
La propia presidenta Claudia Sheinbaum confirmó que la FIFA rentó el recinto histórico para una cena de gala previa a la inauguración del Mundial, y que el organismo habría pagado más de un millón de pesos por el uso del lugar. 'La FIFA rentó, creo que pagó más de un millón de pesos, que la Secretaría de Cultura nos diga', declaró, en una de esas frases donde el monto y la duda viajan en el mismo asiento.
El detalle delicioso llegó después: el sitio oficial del Museo Nacional de Historia establece que el Castillo de Chapultepec no está disponible para la realización de eventos sociales o empresariales. Es decir, el inmueble que cualquier ciudadano de a pie no puede apartar ni para los quince años de su hija, ni para una boda, ni para una conferencia de ventas de tuppers, se transformó por una noche en salón de banquetes para los señores del balón.
Uno imagina la escena: el mismo recinto donde se enseña a los niños la gesta histórica nacional, ahora con manteles largos, copas de cristal y la pregunta flotando entre las cúpulas: ¿desde cuándo 'no se renta' significa 'no se renta, a menos que'? La FIFA, esa organización que convierte plazas públicas en centros comerciales con pago electrónico obligatorio, encontró en México a un anfitrión dispuesto a leer su propio reglamento como sugerencia.
Lo más mexicano de todo no es la renta. Es la naturalidad. Nadie fingió escándalo, nadie corrió a tapar nada: se informó el monto, se sugirió preguntarle a Cultura los detalles y la vida siguió. Porque al final, en este país, las reglas son como las vallas del Fan Fest: firmes, imponentes y perfectamente derribables cuando llega el invitado correcto con prisa por entrar.