Diez millones para un jardín terminado que nadie puede pisar
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Hay obras que se caen a pedazos y hay obras que están impecables pero encerradas. El Jardín Revolución, en la comunidad de Valtierrilla, Salamanca, pertenece a esta segunda y rarísima especie: se rehabilitó con una inversión de más de diez millones de pesos, se reportó formalmente como concluido y, aun así, nadie sabe cuándo abrirá sus puertas al público. La obra existe. Está terminada. Solo le falta el pequeño detalle de que la gente pueda entrar.
La fecha de entrega, según los reportes, ha cambiado en distintas ocasiones, hasta el punto de que a estas alturas ya no hay día confirmado. Es la inauguración de Schrödinger: el jardín está listo y no está listo al mismo tiempo, y solo se sabrá cuál de las dos cosas es verdad el día que alguien se digne cortar el listón. Mientras tanto, los vecinos de Valtierrilla contemplan desde afuera diez millones de pesos en jardineras, andadores y bancas que existen para ellos pero sin ellos.
Uno imagina el drama: el pasto crece, las bancas esperan, la fuente —si es que hay fuente— se llena de hojas, y el listón inaugural envejece colgado aguardando una tijera oficial que no llega. Porque en la liturgia del gobierno, una obra no sirve hasta que hay foto; y si no hay agenda para la foto, la obra puede quedarse guardada como adorno de bodega, aunque sea del tamaño de un parque.
La comunidad, paciente, sigue preguntando lo mismo: ¿cuándo? Y la respuesta oficial, fiel al estilo de la casa, es un encogimiento de hombros con membrete. Diez millones de pesos alcanzan para un jardín precioso; lo que no alcanzan, por lo visto, es para una fecha. Que la Revolución —la del jardín— algún día triunfe y deje entrar al pueblo que la pagó.
La fecha de entrega, según los reportes, ha cambiado en distintas ocasiones, hasta el punto de que a estas alturas ya no hay día confirmado. Es la inauguración de Schrödinger: el jardín está listo y no está listo al mismo tiempo, y solo se sabrá cuál de las dos cosas es verdad el día que alguien se digne cortar el listón. Mientras tanto, los vecinos de Valtierrilla contemplan desde afuera diez millones de pesos en jardineras, andadores y bancas que existen para ellos pero sin ellos.
Uno imagina el drama: el pasto crece, las bancas esperan, la fuente —si es que hay fuente— se llena de hojas, y el listón inaugural envejece colgado aguardando una tijera oficial que no llega. Porque en la liturgia del gobierno, una obra no sirve hasta que hay foto; y si no hay agenda para la foto, la obra puede quedarse guardada como adorno de bodega, aunque sea del tamaño de un parque.
La comunidad, paciente, sigue preguntando lo mismo: ¿cuándo? Y la respuesta oficial, fiel al estilo de la casa, es un encogimiento de hombros con membrete. Diez millones de pesos alcanzan para un jardín precioso; lo que no alcanzan, por lo visto, es para una fecha. Que la Revolución —la del jardín— algún día triunfe y deje entrar al pueblo que la pagó.