Doce pesos por un asiento con más resortes que un colchón de vecindad
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Michoacán logró lo que ningún congreso, ningún santo y ninguna asamblea vecinal: ponernos de acuerdo. A partir del lunes todos, unidos y en formación, pagaremos 12 pesos por subir al camión. Un peso más. El Instituto del Transporte de Zamora confirmó el aumento con la firmeza de quien impone una reforma constitucional, y el decreto estatal le dio el sello de inevitable. La cifra es modesta; el símbolo, colosal: por fin algo sube puntualmente en este estado.
Los usuarios, que evidentemente no entienden cómo funciona la gratitud, salieron a exigir mejores condiciones a cambio del incremento. Qué exigencias tan extravagantes: unidades que frenen sin rezar, puertas que cierren, ventanas que abran, choferes que no tomen las curvas como si los persiguiera el pasado y asientos donde el resorte no forme parte de la experiencia lumbar. En cualquier país serio eso se llamaría 'lo mínimo'. Aquí se llama 'pliego petitorio' y se responde con un encogimiento de hombros y un 'ai se va'.
Hay, eso sí, un gesto de ternura institucional: las personas adultas mayores y con discapacidad seguirán pagando 11 pesos. Un peso de descuento, todo un programa social. Que nadie diga que no hay sensibilidad; simplemente cuesta un peso menos que la indiferencia general.
Lo hermoso del asunto es la coreografía: primero se anuncia el aumento, se confirma con boletín, se decreta con solemnidad; las mejoras al servicio, en cambio, se agendan para ese futuro difuso donde también quedó el carril confinado del Morebús y la puntualidad. El pasaje va al contado; la calidad, a plazos que nunca vencen.
Así que suba, pague sus 12 pesos y agárrese fuerte. En Michoacán el transporte público ya entendió la lección más importante de la economía moderna: cobrar por adelantado y entregar cuando se pueda. Por el peso extra, al menos, prometen seguir llevándolo. A dónde y en qué estado, eso corre por cuenta del pasajero y de la Virgen del camino.
Los usuarios, que evidentemente no entienden cómo funciona la gratitud, salieron a exigir mejores condiciones a cambio del incremento. Qué exigencias tan extravagantes: unidades que frenen sin rezar, puertas que cierren, ventanas que abran, choferes que no tomen las curvas como si los persiguiera el pasado y asientos donde el resorte no forme parte de la experiencia lumbar. En cualquier país serio eso se llamaría 'lo mínimo'. Aquí se llama 'pliego petitorio' y se responde con un encogimiento de hombros y un 'ai se va'.
Hay, eso sí, un gesto de ternura institucional: las personas adultas mayores y con discapacidad seguirán pagando 11 pesos. Un peso de descuento, todo un programa social. Que nadie diga que no hay sensibilidad; simplemente cuesta un peso menos que la indiferencia general.
Lo hermoso del asunto es la coreografía: primero se anuncia el aumento, se confirma con boletín, se decreta con solemnidad; las mejoras al servicio, en cambio, se agendan para ese futuro difuso donde también quedó el carril confinado del Morebús y la puntualidad. El pasaje va al contado; la calidad, a plazos que nunca vencen.
Así que suba, pague sus 12 pesos y agárrese fuerte. En Michoacán el transporte público ya entendió la lección más importante de la economía moderna: cobrar por adelantado y entregar cuando se pueda. Por el peso extra, al menos, prometen seguir llevándolo. A dónde y en qué estado, eso corre por cuenta del pasajero y de la Virgen del camino.