Mil millones a prueba de agua: la fórmula anti-bache que consiste en no bachear
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Existe una nueva escuela de finanzas públicas y nació aquí, entre charcos. Su principio rector es de una elegancia brutal: la mejor manera de no gastar mal un presupuesto es no gastarlo en absoluto. Al cierre del primer semestre, las dieciséis alcaldías de la capital no reportaron ningún avance en la aplicación de los mil millones de pesos del Fondo de Repavimentación, dinero que —por diseño— solo puede destinarse a arreglar vialidades secundarias y no a otra cosa. Ahí sigue, guardadito, sin un solo bache tapado que le arruine su pulcritud contable.
El universo, siempre irónico, decidió poner a prueba el ahorro. Las lluvias recientes dejaron la ciudad hecha una acuarela dramática: una tromba volvió a golpear Topilejo, el agua bajó por las calles empinadas formando 'auténticos ríos', se cerraron los Viveros de Coyoacán y el saldo incluyó decenas de árboles caídos y encharcamientos severos que se extendieron por horas. Traducción: las calles que iban a repavimentarse ahora vienen con alberca incluida y sin costo adicional.
Uno imaginaría que un fondo específico para vialidades, más una temporada de lluvias anunciada con bombo por Protección Civil, más baches del tamaño de un evento astronómico, darían por resultado obreros trabajando a marchas forzadas. Pero no: el dinero permanece intacto, como reliquia, mientras el asfalto se disuelve. Es el milagro invertido de la administración: convertir un presupuesto en museo.
En el Destiempo tenemos claro el mensaje. El bache no es una falla; es una decisión de austeridad. La inundación no es descuido; es paisajismo espontáneo. Y ese cofre de mil millones, impecable e inmaculado, seguirá esperando la ocasión perfecta para salir a la calle. Ojalá no lo sorprenda otra tormenta antes de decidirse.
El universo, siempre irónico, decidió poner a prueba el ahorro. Las lluvias recientes dejaron la ciudad hecha una acuarela dramática: una tromba volvió a golpear Topilejo, el agua bajó por las calles empinadas formando 'auténticos ríos', se cerraron los Viveros de Coyoacán y el saldo incluyó decenas de árboles caídos y encharcamientos severos que se extendieron por horas. Traducción: las calles que iban a repavimentarse ahora vienen con alberca incluida y sin costo adicional.
Uno imaginaría que un fondo específico para vialidades, más una temporada de lluvias anunciada con bombo por Protección Civil, más baches del tamaño de un evento astronómico, darían por resultado obreros trabajando a marchas forzadas. Pero no: el dinero permanece intacto, como reliquia, mientras el asfalto se disuelve. Es el milagro invertido de la administración: convertir un presupuesto en museo.
En el Destiempo tenemos claro el mensaje. El bache no es una falla; es una decisión de austeridad. La inundación no es descuido; es paisajismo espontáneo. Y ese cofre de mil millones, impecable e inmaculado, seguirá esperando la ocasión perfecta para salir a la calle. Ojalá no lo sorprenda otra tormenta antes de decidirse.