García exporta al 'Alcalde del Año' mientras Nuevo León pelea con el agua
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Nueva York, la ciudad que nunca duerme, tampoco durmió esta semana: le tocó presenciar cómo el alcalde de García, allá en Nuevo León, recibía nada menos que el premio internacional "Alcalde del Año", la máxima distinción que otorga el Comité Internacional de la Cumbre Latinoamericana de Networking, Comunicación y Gobernanza. Léase despacio ese nombre, porque cada palabra suma prestigio: Internacional, Cumbre, Latinoamericana, Networking, Gobernanza. Le faltó "Blockchain" para el pleno.
El reconocimiento, según el comunicado, premia "obras públicas, programas sociales, acciones en materia de seguridad y proyectos estratégicos". Es decir, exactamente lo que hace cualquier alcalde que no quiere que lo corran: su trabajo. Pero aquí no lo hizo cualquiera, lo hizo el Alcalde del Año, título que en el circuito de las cumbres de networking se reparte con la misma generosidad con que un bautizo reparte bolo.
Uno celebra que un edil neolonés brille en el extranjero. Lo que intriga es la logística del asombro: ¿se postuló solo, lo postularon, hay una terna secreta de alcaldes latinoamericanos peleándose el cetro en un salón de hotel? Porque estos comités tienen una virtud admirable: siempre encuentran a quién premiar, y el premiado siempre encuentra cómo pagar el viaje, digo, cómo asistir a la ceremonia.
Mientras la estatuilla cruzaba fronteras, en casa la temporada de lluvias hacía su trabajo sin distinciones: encharcamientos, tapas de registro faltantes y colonias que siguen esperando su propia cumbre de gobernanza. Nada como regresar de Manhattan con trofeo en la maleta para recordarnos que en Nuevo León el reconocimiento internacional viaja más rápido que la obra pública. Felicidades, señor alcalde: es usted, oficialmente y con sello de comité, el mejor. Ahora solo falta que la ciudadanía firme el acta.
El reconocimiento, según el comunicado, premia "obras públicas, programas sociales, acciones en materia de seguridad y proyectos estratégicos". Es decir, exactamente lo que hace cualquier alcalde que no quiere que lo corran: su trabajo. Pero aquí no lo hizo cualquiera, lo hizo el Alcalde del Año, título que en el circuito de las cumbres de networking se reparte con la misma generosidad con que un bautizo reparte bolo.
Uno celebra que un edil neolonés brille en el extranjero. Lo que intriga es la logística del asombro: ¿se postuló solo, lo postularon, hay una terna secreta de alcaldes latinoamericanos peleándose el cetro en un salón de hotel? Porque estos comités tienen una virtud admirable: siempre encuentran a quién premiar, y el premiado siempre encuentra cómo pagar el viaje, digo, cómo asistir a la ceremonia.
Mientras la estatuilla cruzaba fronteras, en casa la temporada de lluvias hacía su trabajo sin distinciones: encharcamientos, tapas de registro faltantes y colonias que siguen esperando su propia cumbre de gobernanza. Nada como regresar de Manhattan con trofeo en la maleta para recordarnos que en Nuevo León el reconocimiento internacional viaja más rápido que la obra pública. Felicidades, señor alcalde: es usted, oficialmente y con sello de comité, el mejor. Ahora solo falta que la ciudadanía firme el acta.