La lluvia vuelve a 'sorprender' a Monterrey, que otra vez no la vio venir
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Hay noticias que se escriben solas porque se repiten idénticas cada verano. "Sorprende lluvia en Monterrey" es la más fiel de todas: aparece con la misma puntualidad con que el agua encharca el Centro y con que la ciudad, año tras año, pone cara de que jamás en la historia había caído una gota del cielo. Este sábado, tras una mañana soleada y calorona de más de 30 grados, un aguacero con granizo cayó sobre el centro y el sur de la metrópoli. Ráfagas de hasta 55 kilómetros por hora, árboles y ramas en las banquetas, semáforos fuera de servicio y apagones en el Primer Cuadro. El clásico regio, con reparto de siempre.
Lo notable no es que llueva en temporada de lluvias —eso lo entiende hasta el cerro de la Silla—, sino la capacidad institucional de seguir sorprendiéndose. Protección Civil había anunciado apenas un 30 por ciento de probabilidad de chubascos aislados. El otro 70 por ciento, evidentemente, se presentó de todos modos, porque las nubes no cursaron el mismo pronóstico.
Y como la lluvia regia nunca viaja sola, se trajo de acompañante un secuestro exprés: en una plaza comercial de Guadalupe, una falla eléctrica provocada por el temporal dejó a una familia de ocho personas atrapada dentro de un elevador. Ocho personas, un cubículo, y la incómoda pregunta de por qué el respaldo eléctrico de un centro comercial se rinde ante el mismo fenómeno que el servicio meteorológico juraba improbable.
El saldo es siempre el mismo álbum de estampas: encharcamientos, circulación complicada, cuerpos de auxilio movilizados y ciudadanos improvisando paraguas con lo que haya. Nada que un poco de mantenimiento preventivo y de humildad meteorológica no pudiera atenuar. Pero eso arruinaría el ritual. Porque en Nuevo León la lluvia no llega: irrumpe, asalta, sorprende. Y nosotros, temporada tras temporada, fingimos que es la primera vez. Nos vemos el próximo aguacero, con el mismo asombro recién estrenado.
Lo notable no es que llueva en temporada de lluvias —eso lo entiende hasta el cerro de la Silla—, sino la capacidad institucional de seguir sorprendiéndose. Protección Civil había anunciado apenas un 30 por ciento de probabilidad de chubascos aislados. El otro 70 por ciento, evidentemente, se presentó de todos modos, porque las nubes no cursaron el mismo pronóstico.
Y como la lluvia regia nunca viaja sola, se trajo de acompañante un secuestro exprés: en una plaza comercial de Guadalupe, una falla eléctrica provocada por el temporal dejó a una familia de ocho personas atrapada dentro de un elevador. Ocho personas, un cubículo, y la incómoda pregunta de por qué el respaldo eléctrico de un centro comercial se rinde ante el mismo fenómeno que el servicio meteorológico juraba improbable.
El saldo es siempre el mismo álbum de estampas: encharcamientos, circulación complicada, cuerpos de auxilio movilizados y ciudadanos improvisando paraguas con lo que haya. Nada que un poco de mantenimiento preventivo y de humildad meteorológica no pudiera atenuar. Pero eso arruinaría el ritual. Porque en Nuevo León la lluvia no llega: irrumpe, asalta, sorprende. Y nosotros, temporada tras temporada, fingimos que es la primera vez. Nos vemos el próximo aguacero, con el mismo asombro recién estrenado.