Instituciones fuertes, con visitas de sala de museo
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Hay reuniones que valen por la foto y reuniones que valen por lo que la foto no alcanza a explicar. La gobernadora Maru Campos se sentó a platicar con el expresidente Vicente Fox y con la exprimera dama Marta Sahagún para abordar, según informó ella misma, 'los retos que hoy enfrenta México y la importancia de seguir construyendo un país con instituciones fuertes y gobiernos con sentido humanista'. Léalo otra vez, sin prisa, y saboree cada palabra: instituciones fuertes, sentido humanista. Ajá.
No es que la conversación esté mal; platicar es gratis y hasta terapéutico. Es la escenografía la que levanta la ceja. Invocar la solidez institucional teniendo enfrente a dos figuras que ya son, por mérito propio, patrimonio de la memoria política nacional, es como pedirle al abuelo que te explique una app de moda: te va a contar cosas valiosísimas, pero de otro siglo. El 'Bien Común' como eje de las decisiones públicas suena precioso en el comunicado; el problema es que el Bien Común no cabe en una selfie.
Coincidieron, dice el parte, en mantener gobiernos con sentido humanista. Uno los imagina asintiendo con la gravedad de quien acaba de descubrir el agua tibia, que bien le vendría al estado un poco de agua, tibia o como caiga. Y aquí conviene el recordatorio de siempre: reunirse con expresidentes no es delito ni pecado; es, cuando mucho, un gusto por la nostalgia. Pero cuando el discurso es 'fortalecer instituciones' y la mesa parece exposición permanente, el ciudadano tiene derecho a preguntarse si estamos construyendo el futuro o inaugurando una sala de historia.
Que fluya el diálogo, pues. Ojalá de esas charlas salgan ideas y no nada más buenos deseos empacados en frases de tarjeta de felicitación. Porque de intenciones humanistas y de instituciones fuertes está empedrado el boletín de prensa; lo difícil, lo verdaderamente cuesta arriba, es que la frase aguante fuera del salón, allá donde el vecino no pide sentido humanista: pide que le llegue el agua y que la extorsión no le toque a la puerta.
No es que la conversación esté mal; platicar es gratis y hasta terapéutico. Es la escenografía la que levanta la ceja. Invocar la solidez institucional teniendo enfrente a dos figuras que ya son, por mérito propio, patrimonio de la memoria política nacional, es como pedirle al abuelo que te explique una app de moda: te va a contar cosas valiosísimas, pero de otro siglo. El 'Bien Común' como eje de las decisiones públicas suena precioso en el comunicado; el problema es que el Bien Común no cabe en una selfie.
Coincidieron, dice el parte, en mantener gobiernos con sentido humanista. Uno los imagina asintiendo con la gravedad de quien acaba de descubrir el agua tibia, que bien le vendría al estado un poco de agua, tibia o como caiga. Y aquí conviene el recordatorio de siempre: reunirse con expresidentes no es delito ni pecado; es, cuando mucho, un gusto por la nostalgia. Pero cuando el discurso es 'fortalecer instituciones' y la mesa parece exposición permanente, el ciudadano tiene derecho a preguntarse si estamos construyendo el futuro o inaugurando una sala de historia.
Que fluya el diálogo, pues. Ojalá de esas charlas salgan ideas y no nada más buenos deseos empacados en frases de tarjeta de felicitación. Porque de intenciones humanistas y de instituciones fuertes está empedrado el boletín de prensa; lo difícil, lo verdaderamente cuesta arriba, es que la frase aguante fuera del salón, allá donde el vecino no pide sentido humanista: pide que le llegue el agua y que la extorsión no le toque a la puerta.