Salamanca, la ciudad que ilumina a todos menos a sí misma
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Hay ironías que se escriben solas y esta trae medidor: Salamanca produce mil 357 megawatts y, con semejante fortuna eléctrica, se las arregla para quedarse a oscuras. Según El Sol de Salamanca, la culpa la tiene una red saturada y antigua que la CFE promete modernizar. La palabra 'modernizar', aquí, funciona como esos horóscopos que aseguran que 'pronto habrá cambios': tranquiliza, no compromete y nunca trae fecha.
Pongámoslo en escala doméstica para que duela bonito. Es tener el pozo más caudaloso de la cuadra y salir a acarrear agua con cubeta. Es ser el que cocina para toda la fiesta y comer parado en la cocina. Salamanca genera energía suficiente para presumirle al vecino, pero cuando cae la tormenta —porque también cayó, con encharcamientos de regalo— el apagón llega puntual como cobrador. La refinería, los megawatts, los kilómetros de cable: todo un imperio energético administrado con la infraestructura de una posada.
Lo maravilloso del asunto es la coreografía institucional. La CFE 'busca atender' el problema con modernización, verbo elegido con la precisión de un cirujano que no quiere operar. Buscar es noble; encontrar ya es otro presupuesto. Y mientras la búsqueda continúa —imaginemos a la dependencia con lupa, revisando debajo de los transformadores—, el salmantino desarrolla habilidades ancestrales: memoriza la casa a oscuras, calcula cuánto aguanta el refri sin abrirlo, y perfecciona el arte de maldecir en penumbra sin despertar a los niños.
Uno esperaría que la ciudad que le da luz a la región tuviera, por cortesía, luz propia garantizada. Pero no: aquí el megawatt es de exportación y el apagón, de autoconsumo. Se produce energía como quien produce excusas, en cantidad industrial, y aun así el foco del zaguán titila como corazón asustado. Si la modernización llega antes de que se funda el último poste, será un milagro digno de acto cívico. Mientras tanto, Salamanca seguirá siendo la paradoja andante del Bajío: potencia eléctrica de día, apagón con denominación de origen por la noche. Carguen el teléfono, paisanos, que la profecía de la 'red nueva' todavía no tiene calendario.
Pongámoslo en escala doméstica para que duela bonito. Es tener el pozo más caudaloso de la cuadra y salir a acarrear agua con cubeta. Es ser el que cocina para toda la fiesta y comer parado en la cocina. Salamanca genera energía suficiente para presumirle al vecino, pero cuando cae la tormenta —porque también cayó, con encharcamientos de regalo— el apagón llega puntual como cobrador. La refinería, los megawatts, los kilómetros de cable: todo un imperio energético administrado con la infraestructura de una posada.
Lo maravilloso del asunto es la coreografía institucional. La CFE 'busca atender' el problema con modernización, verbo elegido con la precisión de un cirujano que no quiere operar. Buscar es noble; encontrar ya es otro presupuesto. Y mientras la búsqueda continúa —imaginemos a la dependencia con lupa, revisando debajo de los transformadores—, el salmantino desarrolla habilidades ancestrales: memoriza la casa a oscuras, calcula cuánto aguanta el refri sin abrirlo, y perfecciona el arte de maldecir en penumbra sin despertar a los niños.
Uno esperaría que la ciudad que le da luz a la región tuviera, por cortesía, luz propia garantizada. Pero no: aquí el megawatt es de exportación y el apagón, de autoconsumo. Se produce energía como quien produce excusas, en cantidad industrial, y aun así el foco del zaguán titila como corazón asustado. Si la modernización llega antes de que se funda el último poste, será un milagro digno de acto cívico. Mientras tanto, Salamanca seguirá siendo la paradoja andante del Bajío: potencia eléctrica de día, apagón con denominación de origen por la noche. Carguen el teléfono, paisanos, que la profecía de la 'red nueva' todavía no tiene calendario.