Doce pesos: el pasaje que se subió al kiosco de honor
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En Zamora, el transporte público subió a 12 pesos y lo hizo con un timing digno de aplauso: justo en el regreso a clases, cuando cada familia multiplica traslados como quien reza el rosario. Las madres de familia, esas contadoras públicas no tituladas que llevan la macroeconomía del hogar, ya sacaron la cuenta: si un hijo hace dos o tres viajes al día, el "ajuste" no es un redondeo, es una mordida mensual con recibo.
El argumento clásico llegó puntual, como el camión que nunca llega: suben los insumos, sube la gasolina, sube todo. Y es verdad, sube todo... menos la calidad del servicio. Porque el pasaje aumentó, pero el asiento roto sigue roto, la unidad sigue expulsando humo con orgullo diésel y el chofer sigue manejando como si esquivara meteoritos. Doce pesos por un viaje en el que uno reza dos veces: una por llegar y otra por el cambio exacto.
Lo entrañable del tarifazo michoacano es su puntería social. No sube en enero, cuando uno anda con el aguinaldo caliente; sube en agosto, cuando el bolsillo trae útiles, uniformes, inscripciones y la mochila que este año cuesta como enganche. Es casi poético: la economía familiar recibe el golpe justo cuando está más agachada recogiendo lápices.
Y mientras las familias reorganizan el presupuesto para que alcance, la promesa eterna flota en el aire como el olor a diésel: "mejoraremos el servicio". Traducción del michoacano al michoacano: el precio ya cambió; lo demás, cuando se pueda. Doce pesos hoy, y uno con la sospecha fundada de que el trece ya viene en camino, ese sí puntual.
Que conste que nadie pide milagros. Solo pedimos que, si el pasaje va a costar como en ciudad grande, al menos el bache se sienta como de ciudad grande. Por lo pronto, las madres de Zamora seguirán haciendo su alquimia doméstica: convertir doce pesos en dos, tres y cuatro traslados, y sacar de la nada el redondeo que la tarifa se llevó. Heroínas sin capa, con abono de camión.
El argumento clásico llegó puntual, como el camión que nunca llega: suben los insumos, sube la gasolina, sube todo. Y es verdad, sube todo... menos la calidad del servicio. Porque el pasaje aumentó, pero el asiento roto sigue roto, la unidad sigue expulsando humo con orgullo diésel y el chofer sigue manejando como si esquivara meteoritos. Doce pesos por un viaje en el que uno reza dos veces: una por llegar y otra por el cambio exacto.
Lo entrañable del tarifazo michoacano es su puntería social. No sube en enero, cuando uno anda con el aguinaldo caliente; sube en agosto, cuando el bolsillo trae útiles, uniformes, inscripciones y la mochila que este año cuesta como enganche. Es casi poético: la economía familiar recibe el golpe justo cuando está más agachada recogiendo lápices.
Y mientras las familias reorganizan el presupuesto para que alcance, la promesa eterna flota en el aire como el olor a diésel: "mejoraremos el servicio". Traducción del michoacano al michoacano: el precio ya cambió; lo demás, cuando se pueda. Doce pesos hoy, y uno con la sospecha fundada de que el trece ya viene en camino, ese sí puntual.
Que conste que nadie pide milagros. Solo pedimos que, si el pasaje va a costar como en ciudad grande, al menos el bache se sienta como de ciudad grande. Por lo pronto, las madres de Zamora seguirán haciendo su alquimia doméstica: convertir doce pesos en dos, tres y cuatro traslados, y sacar de la nada el redondeo que la tarifa se llevó. Heroínas sin capa, con abono de camión.