Morena descubre la ética justo cuando sus políticos descubren Barcelona
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Todo partido tiene una palabra que guarda para las ocasiones especiales, y Morena acaba de sacar la suya del cajón: ética. El llamado a sus militantes a comportarse con mayor probidad llegó, casualmente, en plena temporada de bronceado europeo, con integrantes de su clase política reportados de vacaciones al otro lado del Atlántico —uno en Madrid, otro en Barcelona— mientras en casa se predica la contención.
El detalle poético es la simultaneidad. No es que la ética y el verano europeo se lleven mal; es que hacen una pareja incómoda para las fotos. Cuesta pedir sobriedad desde un partido cuya bandera histórica fue la austeridad y luego ver el itinerario de sus figuras marcado por vuelos transatlánticos en la quincena más cara del año. La austeridad, parece, quedó como esas dietas que uno empieza el lunes: rigurosísima en el discurso, flexible a la hora de la sobremesa.
Y que quede claro: irse de vacaciones no es delito, ni pecado, ni nada que amerite escándalo. Faltaría más. Lo que da comezón es el timing. Convocar a la probidad general mientras el postre es a la orilla del Mediterráneo tiene el mismo efecto que un cartel de “cuida el agua” colgado sobre una fuente encendida. El mensaje se entiende; la escenografía lo contradice.
La moraleja del comunicado interno es involuntaria pero perfecta: en política, la ética funciona igual que la austeridad. Se exige, se presume, se predica en asambleas con mucho micrófono… y a la hora de practicarla, ahí empieza el verdadero problema. Ojalá el próximo llamado venga acompañado de ejemplo, que es la única versión de la ética que no necesita boletín para notarse. Mientras tanto, disfruten el viaje; solo bajen el volumen del sermón.
El detalle poético es la simultaneidad. No es que la ética y el verano europeo se lleven mal; es que hacen una pareja incómoda para las fotos. Cuesta pedir sobriedad desde un partido cuya bandera histórica fue la austeridad y luego ver el itinerario de sus figuras marcado por vuelos transatlánticos en la quincena más cara del año. La austeridad, parece, quedó como esas dietas que uno empieza el lunes: rigurosísima en el discurso, flexible a la hora de la sobremesa.
Y que quede claro: irse de vacaciones no es delito, ni pecado, ni nada que amerite escándalo. Faltaría más. Lo que da comezón es el timing. Convocar a la probidad general mientras el postre es a la orilla del Mediterráneo tiene el mismo efecto que un cartel de “cuida el agua” colgado sobre una fuente encendida. El mensaje se entiende; la escenografía lo contradice.
La moraleja del comunicado interno es involuntaria pero perfecta: en política, la ética funciona igual que la austeridad. Se exige, se presume, se predica en asambleas con mucho micrófono… y a la hora de practicarla, ahí empieza el verdadero problema. Ojalá el próximo llamado venga acompañado de ejemplo, que es la única versión de la ética que no necesita boletín para notarse. Mientras tanto, disfruten el viaje; solo bajen el volumen del sermón.