Alcalde del Año en Nueva York: el premio que viaja mejor que la luz
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Hay reconocimientos que se ganan y hay reconocimientos que se toman con vuelo redondo. El alcalde de García, Manuel Guerra Cavazos, recibió en Nueva York el galardón internacional 'Alcalde del Año', en una ceremonia que —nos dicen— evalúa acciones de las administraciones municipales en políticas públicas e infraestructura. Uno se lo imagina subiendo al templete, ajustándose el saco, agradeciendo entre luces led que no parpadean, en una ciudad donde la corriente eléctrica es un derecho y no una rifa.
El detalle poético es la distancia. Es más sencillo cruzar la frontera y sentarse en un salón de Manhattan a que te aplaudan por tu infraestructura, que caminar la colonia y explicarle al vecino por qué el verano metropolitano viene con apagones de regalo. El premio, generosamente, no exige gira por las calles del municipio ni entrevista con quien lleva días esperando que le arreglen algo. Basta la ceremonia, la foto y el diploma que, eso sí, no se apaga cuando sube la demanda eléctrica.
Nada contra reconocer el trabajo público; ojalá todos los ediles ambicionaran hacerlo tan bien que hasta en el extranjero se enteren. Pero conviene recordar que el jurado más exigente no reparte trofeos con vista a Central Park: vive aquí, paga la gasolina que roza los 30 pesos, aguanta el calorón y tiene una memoria excelente para las promesas. Ese jurado no vota en Nueva York. Vota en 2027, y no se deja impresionar por un marco dorado.
Así que enhorabuena por la estatuilla. Que la disfrute, que la presuma, que la ponga en un lugar visible de la oficina. Y que, ya de regreso, la use de pisapapeles para el expediente de las cosas que el municipio todavía debe resolver. Un 'Alcalde del Año' de verdad memorable sería aquel cuyo mérito no haya que salir del país a certificar.
El detalle poético es la distancia. Es más sencillo cruzar la frontera y sentarse en un salón de Manhattan a que te aplaudan por tu infraestructura, que caminar la colonia y explicarle al vecino por qué el verano metropolitano viene con apagones de regalo. El premio, generosamente, no exige gira por las calles del municipio ni entrevista con quien lleva días esperando que le arreglen algo. Basta la ceremonia, la foto y el diploma que, eso sí, no se apaga cuando sube la demanda eléctrica.
Nada contra reconocer el trabajo público; ojalá todos los ediles ambicionaran hacerlo tan bien que hasta en el extranjero se enteren. Pero conviene recordar que el jurado más exigente no reparte trofeos con vista a Central Park: vive aquí, paga la gasolina que roza los 30 pesos, aguanta el calorón y tiene una memoria excelente para las promesas. Ese jurado no vota en Nueva York. Vota en 2027, y no se deja impresionar por un marco dorado.
Así que enhorabuena por la estatuilla. Que la disfrute, que la presuma, que la ponga en un lugar visible de la oficina. Y que, ya de regreso, la use de pisapapeles para el expediente de las cosas que el municipio todavía debe resolver. Un 'Alcalde del Año' de verdad memorable sería aquel cuyo mérito no haya que salir del país a certificar.