Reforestación por lotes: Escobedo siembra 26 mil árboles y Monterrey aporta 20
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El fin de semana, Nuevo León entero se puso el overol verde para la Jornada Nacional de Reforestación, y el resultado fue un curioso concurso de cantidades. Escobedo anunció con orgullo que ya suma 26 mil árboles plantados en 80 colonias, incluyendo camellones de la avenida Constitución. El gobierno estatal sembró 2,500 ejemplares nativos en tres hectáreas de La Huasteca, con más de 300 personas y hasta la Guardia Nacional formadas con pala. Y Monterrey, la capital, con una modestia que casi enternece, informó que plantó 20 árboles en el Parque Obispado.
Veinte. No es un error de dedo: dos decenas de árboles para 'ampliar la cobertura vegetal y reducir el efecto de isla de calor' en una de las ciudades más calientes del país. A ese ritmo, la isla de calor no se reduce: se le hacen cosquillas. Eso sí, los voluntarios recibieron capacitación previa sobre técnicas adecuadas de siembra y mantenimiento, porque en Monterrey hasta plantar veinte arbolitos amerita curso.
No se trata de despreciar el gesto —cada árbol cuenta, literalmente, y aquí los contaron uno por uno—, sino de admirar la aritmética. Un municipio vecino siembra por millares; la capital lo hace por docenas y lo comunica con el mismo entusiasmo. Es el equivalente urbano a presumir que uno corrió un maratón porque bajó a la esquina por el pan.
La buena noticia es que las especies elegidas —anacahuita, mezquite, huizache, maguey— son nativas y resistentes, de esas que aguantan sequía, calor y hasta discursos. La mala es que la sombra prometida llegará, con suerte, cuando los actuales funcionarios ya solo aparezcan en la placa conmemorativa. Ojalá el próximo informe hable de árboles vivos y no de árboles inaugurados. Porque plantar es fácil y sale en la foto; regar todos los días, sin cámaras, ya es otra hectárea.
Veinte. No es un error de dedo: dos decenas de árboles para 'ampliar la cobertura vegetal y reducir el efecto de isla de calor' en una de las ciudades más calientes del país. A ese ritmo, la isla de calor no se reduce: se le hacen cosquillas. Eso sí, los voluntarios recibieron capacitación previa sobre técnicas adecuadas de siembra y mantenimiento, porque en Monterrey hasta plantar veinte arbolitos amerita curso.
No se trata de despreciar el gesto —cada árbol cuenta, literalmente, y aquí los contaron uno por uno—, sino de admirar la aritmética. Un municipio vecino siembra por millares; la capital lo hace por docenas y lo comunica con el mismo entusiasmo. Es el equivalente urbano a presumir que uno corrió un maratón porque bajó a la esquina por el pan.
La buena noticia es que las especies elegidas —anacahuita, mezquite, huizache, maguey— son nativas y resistentes, de esas que aguantan sequía, calor y hasta discursos. La mala es que la sombra prometida llegará, con suerte, cuando los actuales funcionarios ya solo aparezcan en la placa conmemorativa. Ojalá el próximo informe hable de árboles vivos y no de árboles inaugurados. Porque plantar es fácil y sale en la foto; regar todos los días, sin cámaras, ya es otra hectárea.