La CFE apaga la luz y también el teléfono
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En materia de comunicación institucional, pocos alcanzan la maestría de la Comisión Federal de Electricidad, que ayer perfeccionó el arte de resolver una crisis desapareciéndola. En las colonias San Jorge, Unida Proletaria y aledañas explotaron tres transformadores en el transcurso del día —uno a la una de la tarde, otro a las cuatro y el tercero a las siete—, dejando a miles de vecinos sin luz hasta pasada la medianoche.
La secuencia tuvo hasta ritmo dramático: sonaba la explosión, se saturaban las líneas de reportes, llegaban tres horas después los trabajadores y, justo entonces —oh, casualidad— tronaba el siguiente transformador. Un guion tan bien cronometrado que parecía ensayado. Lo único que no llegó fue la explicación: la CFE, fiel a su tradición, guardó un silencio digno de monasterio.
Pero la joya de la jornada fue la solución al problema de las quejas: bloquear los teléfonos. Así, sin más. Ante el "alto cúmulo de reportes", la vía más eficiente de bajar las estadísticas de inconformidad resultó ser impedir que alguien pueda inconformarse. Cero llamadas, cero problemas. La lógica es impecable y aterradora.
Mientras tanto, los usuarios hacían lo que se hace en estos casos: ventilar la casa a mano, rescatar lo del refrigerador antes de que se echara a perder y calcular cuántas horas de calor agosteño aguanta uno sin ventilador. Todo en la penumbra, preguntándose si el recibo llegará igual de puntual que las explosiones.
La moraleja chihuahuense es vieja pero se renueva: la luz es un derecho hasta que truena el transformador, momento en el cual se convierte en un misterio administrativo sin responsable, sin fecha y sin teléfono disponible. Si a usted le contestaron, considérese agraciado; si no, bienvenido al club a oscuras, donde la única energía garantizada es la del coraje.
La secuencia tuvo hasta ritmo dramático: sonaba la explosión, se saturaban las líneas de reportes, llegaban tres horas después los trabajadores y, justo entonces —oh, casualidad— tronaba el siguiente transformador. Un guion tan bien cronometrado que parecía ensayado. Lo único que no llegó fue la explicación: la CFE, fiel a su tradición, guardó un silencio digno de monasterio.
Pero la joya de la jornada fue la solución al problema de las quejas: bloquear los teléfonos. Así, sin más. Ante el "alto cúmulo de reportes", la vía más eficiente de bajar las estadísticas de inconformidad resultó ser impedir que alguien pueda inconformarse. Cero llamadas, cero problemas. La lógica es impecable y aterradora.
Mientras tanto, los usuarios hacían lo que se hace en estos casos: ventilar la casa a mano, rescatar lo del refrigerador antes de que se echara a perder y calcular cuántas horas de calor agosteño aguanta uno sin ventilador. Todo en la penumbra, preguntándose si el recibo llegará igual de puntual que las explosiones.
La moraleja chihuahuense es vieja pero se renueva: la luz es un derecho hasta que truena el transformador, momento en el cual se convierte en un misterio administrativo sin responsable, sin fecha y sin teléfono disponible. Si a usted le contestaron, considérese agraciado; si no, bienvenido al club a oscuras, donde la única energía garantizada es la del coraje.