Citlalli Hernández y la austeridad que aguanta un buen restaurante (con dinero propio, faltaba más)
Tamaño de letra
La política mexicana descubrió un nuevo deporte extremo: fotografiar a una dirigente comiendo. La presidenta de la Comisión Nacional de Elecciones de Morena, Citlalli Hernández, fue captada sin su consentimiento mientras comía en un restaurante dentro de un centro comercial de la Ciudad de México, y las redes ardieron como sartén de tacos al pastor. Ella respondió calificando el episodio de acoso y clasismo, defendió que la austeridad prohíbe los lujos pagados con el erario pero no el gasto personal, y hasta ironizó sobre el precio de los platillos. En estricto rigor, tiene un punto: nadie debería rendir cuentas por su comida si la paga de su bolsa.
El problema no es el plato, es el discurso que lo acompaña desde hace años. Cuando un movimiento entero construyó su marca sobre la 'justa medianía', la 'vida franciscana' y el sacrificio ejemplar, cada tenedor se convierte en tuit y cada mantel en debate nacional. No es clasismo del pueblo malvado; es el búmeran de haber vendido la frugalidad como identidad de campaña. El que hace de la austeridad su bandera no puede sorprenderse de que la ciudadanía saque la lupa cuando lo ve pedir la carta con encuadernación de piel.
Lo verdaderamente sabroso es la defensa: que se hable de política de fondo y no de la imagen de las mujeres, dijo, y en eso también acierta a medias, porque el escrutinio corporal hacia las políticas suele ser más cruel. Pero el mismo argumento aplica de regreso: hablemos de fondo, entonces. De agua, de desaparecidos, de presupuestos. El restaurante fue solo el pretexto perfecto para recordar que la austeridad, cuando se usa como eslogan, tiene la incómoda costumbre de regresar a la mesa justo cuando llega la cuenta.
El problema no es el plato, es el discurso que lo acompaña desde hace años. Cuando un movimiento entero construyó su marca sobre la 'justa medianía', la 'vida franciscana' y el sacrificio ejemplar, cada tenedor se convierte en tuit y cada mantel en debate nacional. No es clasismo del pueblo malvado; es el búmeran de haber vendido la frugalidad como identidad de campaña. El que hace de la austeridad su bandera no puede sorprenderse de que la ciudadanía saque la lupa cuando lo ve pedir la carta con encuadernación de piel.
Lo verdaderamente sabroso es la defensa: que se hable de política de fondo y no de la imagen de las mujeres, dijo, y en eso también acierta a medias, porque el escrutinio corporal hacia las políticas suele ser más cruel. Pero el mismo argumento aplica de regreso: hablemos de fondo, entonces. De agua, de desaparecidos, de presupuestos. El restaurante fue solo el pretexto perfecto para recordar que la austeridad, cuando se usa como eslogan, tiene la incómoda costumbre de regresar a la mesa justo cuando llega la cuenta.