La tierra se comió al que la destapa: crónica de un vactor devorado
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Hay imágenes que no necesitan pie de foto porque ya vienen con moraleja incluida. En la calle Arbusto, cruce con la calzada de Las Brujas, en Tlalpan, un camión vactor de la Secretaría de Gestión Integral del Agua —esa unidad de gran tonelaje cuyo trabajo en la vida es meterse a los drenajes y socavones de la ciudad a limpiar lo que nadie quiere ver— cayó en un socavón. Sí. El destapacaños municipal fue destapado por el propio subsuelo. Las llantas traseras se hundieron en la oquedad y ahí quedó el pobre, atorado, como diciendo "yo venía a resolver esto".
El operativo de rescate fue digno de superproducción: dos grúas Brigadier de la Secretaría de Seguridad Ciudadana tuvieron que maniobrar para sacar a la bestia de acero de las fauces de la avenida. Es decir, se necesitó un ejército de tres vehículos pesados para que el vehículo pesado dejara de ser parte del problema que venía a atender. La ironía es tan redonda que se podría cobrar entrada.
El socavón, ese fenómeno tan capitalino como el segundo piso y la fila del Registro Civil, ya no discrimina. Antes se tragaba autos particulares, motos, uno que otro microbús distraído. Hoy alcanzó nivel gourmet: se zampó a la maquinaria del gobierno encargada de vigilarlo. Es como si el bombero se prendiera fuego solo, pero con mejor presupuesto.
Uno imagina la junta interna: "¿Y el vactor?" "En un socavón, jefe." "¿Trabajando?" "No, jefe, adentro." La calzada de Las Brujas, honrando su nombre, hizo su magia negra y se llevó a un integrante de la flotilla. En la Ciudad de México, hasta la infraestructura tiene sentido del humor, y es de humor negro. Que sirva de recordatorio: aquí no sabes si vas manejando sobre pavimento o sobre una trampa a punto de graduarse.
El operativo de rescate fue digno de superproducción: dos grúas Brigadier de la Secretaría de Seguridad Ciudadana tuvieron que maniobrar para sacar a la bestia de acero de las fauces de la avenida. Es decir, se necesitó un ejército de tres vehículos pesados para que el vehículo pesado dejara de ser parte del problema que venía a atender. La ironía es tan redonda que se podría cobrar entrada.
El socavón, ese fenómeno tan capitalino como el segundo piso y la fila del Registro Civil, ya no discrimina. Antes se tragaba autos particulares, motos, uno que otro microbús distraído. Hoy alcanzó nivel gourmet: se zampó a la maquinaria del gobierno encargada de vigilarlo. Es como si el bombero se prendiera fuego solo, pero con mejor presupuesto.
Uno imagina la junta interna: "¿Y el vactor?" "En un socavón, jefe." "¿Trabajando?" "No, jefe, adentro." La calzada de Las Brujas, honrando su nombre, hizo su magia negra y se llevó a un integrante de la flotilla. En la Ciudad de México, hasta la infraestructura tiene sentido del humor, y es de humor negro. Que sirva de recordatorio: aquí no sabes si vas manejando sobre pavimento o sobre una trampa a punto de graduarse.