Jiménez se inunda de lluvia pero le racionan el agua: bienvenidos a la paradoja perfecta
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Hay pueblos que tienen mala suerte y luego está Jiménez, que decidió graduarse con honores en el arte de tenerlo todo y nada al mismo tiempo. Resulta que la ciudad ya acumuló casi la mitad de la precipitación anual esperada, y eso que todavía faltan julio, agosto y septiembre, esos tres meses en los que el cielo de Chihuahua suele soltar la llave como si cobrara comisión. Las autoridades lo califican de comportamiento "extraordinario" de las lluvias. Extraordinario, en efecto: que llueva tanto y que al mismo tiempo el grifo de la casa funcione como cajero automático en domingo.
Porque sí, mientras el agua cae del cielo en cantidades dignas de tablar, el servicio se tantea cada tres días. Tres días. Un calendario hídrico en el que uno aprende a bañarse por entregas, a lavar trastes con estrategia militar y a ver el llenado de la cubeta con la misma emoción con la que otros ven una serie. El alcalde Jorge Salcido, fiel a la tradición del exhorto —ese género literario tan nuestro—, le pidió a la empresa que se solidarice ante la escasez. Solidarizarse: hermosa palabra que en el norte significa "a ver si por fa abren la llave más seguido".
La metáfora se completa sola: cae agua a raudales por todos lados menos por donde uno la necesita. Es como tener un primo millonario que nunca te presta para la quincena. El cielo es generoso, la tubería es selectiva, y el ciudadano queda en medio aprendiendo a recolectar lluvia como si viviera en un documental de supervivencia.
Y por si la coreografía de abundancia y sequía no bastara, agreguemos la oscuridad. Resulta que en ciertas vialidades han estado hurtando los cables de electricidad y dañando luminarias a propósito, presuntamente para que la penumbra le facilite la chamba a quien quiera delinquir. O sea: llueve a cántaros, no hay agua en la llave, y encima alguien apaga las luces. El combo está completo. Si Jiménez fuera una atracción de feria, sería la casa de los espejos pero sin espejos, sin foco y con una gotera estratégica.
Uno imagina al vecino promedio saliendo de noche, esquivando charcos del tamaño de una alberca municipal, con una cubeta vacía en una mano y la linterna del celular en la otra, mientras calcula si hoy toca agua o toca esperanza. Pura economía circular del absurdo: el agua que sobra arriba no llega abajo, la luz que pagamos se la lleva quien la roba, y el exhorto se queda flotando en el aire húmedo.
Quizá la solución más honesta sería instalar canaletas en cada techo y declarar a Jiménez ciudad de autoservicio pluvial. Porque mientras las autoridades celebran lo "extraordinario" de la temporada, los ciudadanos ya entendieron la lección norteña de siempre: aquí el agua no falta, nada más no se deja agarrar. Y la luz, bueno, esa también anda de escondidas. Lo único que llueve sin falta son los exhortos.
Porque sí, mientras el agua cae del cielo en cantidades dignas de tablar, el servicio se tantea cada tres días. Tres días. Un calendario hídrico en el que uno aprende a bañarse por entregas, a lavar trastes con estrategia militar y a ver el llenado de la cubeta con la misma emoción con la que otros ven una serie. El alcalde Jorge Salcido, fiel a la tradición del exhorto —ese género literario tan nuestro—, le pidió a la empresa que se solidarice ante la escasez. Solidarizarse: hermosa palabra que en el norte significa "a ver si por fa abren la llave más seguido".
La metáfora se completa sola: cae agua a raudales por todos lados menos por donde uno la necesita. Es como tener un primo millonario que nunca te presta para la quincena. El cielo es generoso, la tubería es selectiva, y el ciudadano queda en medio aprendiendo a recolectar lluvia como si viviera en un documental de supervivencia.
Y por si la coreografía de abundancia y sequía no bastara, agreguemos la oscuridad. Resulta que en ciertas vialidades han estado hurtando los cables de electricidad y dañando luminarias a propósito, presuntamente para que la penumbra le facilite la chamba a quien quiera delinquir. O sea: llueve a cántaros, no hay agua en la llave, y encima alguien apaga las luces. El combo está completo. Si Jiménez fuera una atracción de feria, sería la casa de los espejos pero sin espejos, sin foco y con una gotera estratégica.
Uno imagina al vecino promedio saliendo de noche, esquivando charcos del tamaño de una alberca municipal, con una cubeta vacía en una mano y la linterna del celular en la otra, mientras calcula si hoy toca agua o toca esperanza. Pura economía circular del absurdo: el agua que sobra arriba no llega abajo, la luz que pagamos se la lleva quien la roba, y el exhorto se queda flotando en el aire húmedo.
Quizá la solución más honesta sería instalar canaletas en cada techo y declarar a Jiménez ciudad de autoservicio pluvial. Porque mientras las autoridades celebran lo "extraordinario" de la temporada, los ciudadanos ya entendieron la lección norteña de siempre: aquí el agua no falta, nada más no se deja agarrar. Y la luz, bueno, esa también anda de escondidas. Lo único que llueve sin falta son los exhortos.