Las bancas del parque México y el mecenas fantasma que nadie vio pero todos agradecen
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En el parque México, corazón de la colonia Hipódromo, ocurrió un milagro: tres bancas deterioradas amanecieron restauradas. Bonitas, dignas, listas para el señor que lee el periódico y la señora que pasea a tres perros que no le hacen caso. El problema no son las bancas. El problema es la pregunta que se sentó junto a ellas: ¿quién pagó?
La respuesta oficial, aportada por una integrante de la comisión de participación comunitaria, tiene la precisión de un horóscopo: hubo "un patrocinio particular de personas interesadas en conservar el patrimonio artístico arquitectónico". Personas. Interesadas. Particulares. Es decir, todo y nada. Sabemos que existen, que tienen dinero y buen gusto, pero su identidad flota en el mismo limbo que las autorizaciones, el costo y el mecanismo por el que se formalizó su generosa intervención. Ninguno de esos datos se ha precisado públicamente, y esa opacidad tan monona fue la que encendió las redes sociales, donde los vecinos preguntaron lo que cualquier hijo de vecino preguntaría: oigan, ¿y esto cómo estuvo?
Lo delicioso es que la restauración deberá ser evaluada por el Instituto Nacional de Bellas Artes antes de extenderse al resto de las bancas, porque el parque México es patrimonio, no un jardín cualquiera. O sea: para tocar una banca hay que pasar por Bellas Artes, pero para pagarla basta con ser un anónimo bienintencionado. La burocracia cuida el mobiliario con lupa y el financiamiento con antifaz.
Uno celebra que particulares quieran conservar la belleza de su colonia; eso habla bien de la Hipódromo y de su amor por el art déco. Pero en una ciudad donde el despojo y las obras sin papeles son deporte nacional, la vecindad aprendió que hasta un gesto lindo merece factura. Porque hoy son tres bancas restauradas por manos invisibles; mañana, quién sabe qué otra cosa aparece renovada de la nada, y en esta ciudad lo que aparece de la nada suele desaparecer hacia algún lado.
La respuesta oficial, aportada por una integrante de la comisión de participación comunitaria, tiene la precisión de un horóscopo: hubo "un patrocinio particular de personas interesadas en conservar el patrimonio artístico arquitectónico". Personas. Interesadas. Particulares. Es decir, todo y nada. Sabemos que existen, que tienen dinero y buen gusto, pero su identidad flota en el mismo limbo que las autorizaciones, el costo y el mecanismo por el que se formalizó su generosa intervención. Ninguno de esos datos se ha precisado públicamente, y esa opacidad tan monona fue la que encendió las redes sociales, donde los vecinos preguntaron lo que cualquier hijo de vecino preguntaría: oigan, ¿y esto cómo estuvo?
Lo delicioso es que la restauración deberá ser evaluada por el Instituto Nacional de Bellas Artes antes de extenderse al resto de las bancas, porque el parque México es patrimonio, no un jardín cualquiera. O sea: para tocar una banca hay que pasar por Bellas Artes, pero para pagarla basta con ser un anónimo bienintencionado. La burocracia cuida el mobiliario con lupa y el financiamiento con antifaz.
Uno celebra que particulares quieran conservar la belleza de su colonia; eso habla bien de la Hipódromo y de su amor por el art déco. Pero en una ciudad donde el despojo y las obras sin papeles son deporte nacional, la vecindad aprendió que hasta un gesto lindo merece factura. Porque hoy son tres bancas restauradas por manos invisibles; mañana, quién sabe qué otra cosa aparece renovada de la nada, y en esta ciudad lo que aparece de la nada suele desaparecer hacia algún lado.