La foto del restaurante fino: cuando comer rico se vuelve delito de lesa congruencia
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La política mexicana tiene un nuevo escenario del crimen y es una mesa con mantel. Una dirigenta de Morena denunció que fue fotografiada sin su consentimiento mientras comía un domingo en un restaurante de la Ciudad de México, y calificó el hecho de "acoso", "clasismo" y "obsesión bastante lamentable". El pecado, aclaremos, no fue de ella: alguien la retrató a escondidas, lo cual sí es una grosería. Pero la polémica no estalló por la cámara, sino por el menú.
Aquí está el nudo del asunto, y es de esos que la austeridad republicana amarra sola. Cuando un movimiento hace del discurso de la sobriedad su bandera, su carta de presentación y su ringtone, cada plato caro que consume alguno de sus cuadros se convierte automáticamente en material de debate nacional. No es justo, dirán algunos. Y quizá no lo sea. Pero es matemática política: quien predica la frugalidad en cada mañanera no puede sorprenderse de que le cuenten los cubiertos.
La defensa fue elegante: adelantarse a la polémica publicando ella misma la explicación antes de que las imágenes circularan. Estrategia de manual, hay que reconocerlo. El problema es que llamar "clasismo" a que te cuestionen la cuenta tiene un efecto curioso: convierte al crítico en villano y al restaurante en víctima colateral. Y en un país donde millones deciden entre tortilla y transporte, invocar el clasismo desde una mesa fina es un movimiento arriesgado, como pedir la comprensión del pueblo con la boca todavía llena.
Que quede claro: nadie tiene por qué justificar dónde come, y fotografiar a alguien a escondidas está feo. Pero la congruencia es un plato que se sirve frío y en público, y cuando llevas años cobrando la cuenta de la austeridad ajena, no puedes indignarte porque el mesero te traiga a ti la tuya. La cámara fue indiscreta; el debate, en cambio, se lo ganó la carta de precios.
Aquí está el nudo del asunto, y es de esos que la austeridad republicana amarra sola. Cuando un movimiento hace del discurso de la sobriedad su bandera, su carta de presentación y su ringtone, cada plato caro que consume alguno de sus cuadros se convierte automáticamente en material de debate nacional. No es justo, dirán algunos. Y quizá no lo sea. Pero es matemática política: quien predica la frugalidad en cada mañanera no puede sorprenderse de que le cuenten los cubiertos.
La defensa fue elegante: adelantarse a la polémica publicando ella misma la explicación antes de que las imágenes circularan. Estrategia de manual, hay que reconocerlo. El problema es que llamar "clasismo" a que te cuestionen la cuenta tiene un efecto curioso: convierte al crítico en villano y al restaurante en víctima colateral. Y en un país donde millones deciden entre tortilla y transporte, invocar el clasismo desde una mesa fina es un movimiento arriesgado, como pedir la comprensión del pueblo con la boca todavía llena.
Que quede claro: nadie tiene por qué justificar dónde come, y fotografiar a alguien a escondidas está feo. Pero la congruencia es un plato que se sirve frío y en público, y cuando llevas años cobrando la cuenta de la austeridad ajena, no puedes indignarte porque el mesero te traiga a ti la tuya. La cámara fue indiscreta; el debate, en cambio, se lo ganó la carta de precios.