El Metro que llegará justo a tiempo… para la despedida
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El gobernador puso fecha a uno de los sueños húmedos de la movilidad regia: las líneas 4 y 6 del Metro quedarán listas en 2027, antes de que termine su mandato en octubre de ese año. La promesa viene con folleto turístico incluido: quien vaya al aeropuerto o a San Pedro llegará en veinte minutos. Bonito. Uno ya se ve deslizándose por la ciudad como en comercial de banco, sin sudar, sin claxon, sin el tío que se mete a la fuerza en el carril.
El único detalle es el calendario. Anunciar que la gran obra se inaugura precisamente en la recta final del sexenio tiene ese sabor tan nuestro de la obra pública que corta el listón cuando ya casi se apagan las luces de la oficina. Es la versión gubernamental de terminar la tarea el domingo en la noche: técnicamente a tiempo, emocionalmente al filo del abismo. Y como todo regio sabe, entre el 90% de avance de una obra y el 100% puede caber otro invierno, dos temporadas de lluvias y una renegociación de presupuesto.
Porque de presupuestos sabemos un rato por acá. En Escobedo, el alcalde interino anda reclamando que de los cientos de millones autorizados para el Triángulo Norte solo le llegó poco más de la mitad, mientras la Tesorería jura que mandó todo completo. Si eso pasa con un triángulo, uno se pregunta con cuántas figuras geométricas más vamos a batallar antes de que un tren cruce la metrópoli.
Que conste: ojalá el Metro se termine, ojalá conecte, ojalá de verdad lleguemos al aeropuerto en veinte minutos y no en veinte llamadas al conductor del camión. La esperanza es lo último que se pierde, justo después del recibo de la luz. Pero mientras tanto, y con todo el cariño del mundo, el ciudadano promedio recibe la promesa con la misma cara con que oye "ahorita te lo entregan": sonríe, asiente, y sigue esperando el camión bajo el rayo del sol.
El único detalle es el calendario. Anunciar que la gran obra se inaugura precisamente en la recta final del sexenio tiene ese sabor tan nuestro de la obra pública que corta el listón cuando ya casi se apagan las luces de la oficina. Es la versión gubernamental de terminar la tarea el domingo en la noche: técnicamente a tiempo, emocionalmente al filo del abismo. Y como todo regio sabe, entre el 90% de avance de una obra y el 100% puede caber otro invierno, dos temporadas de lluvias y una renegociación de presupuesto.
Porque de presupuestos sabemos un rato por acá. En Escobedo, el alcalde interino anda reclamando que de los cientos de millones autorizados para el Triángulo Norte solo le llegó poco más de la mitad, mientras la Tesorería jura que mandó todo completo. Si eso pasa con un triángulo, uno se pregunta con cuántas figuras geométricas más vamos a batallar antes de que un tren cruce la metrópoli.
Que conste: ojalá el Metro se termine, ojalá conecte, ojalá de verdad lleguemos al aeropuerto en veinte minutos y no en veinte llamadas al conductor del camión. La esperanza es lo último que se pierde, justo después del recibo de la luz. Pero mientras tanto, y con todo el cariño del mundo, el ciudadano promedio recibe la promesa con la misma cara con que oye "ahorita te lo entregan": sonríe, asiente, y sigue esperando el camión bajo el rayo del sol.