Panteón de Irapuato: el único lugar donde llegar tarde es política de Estado
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Cada tanto, algún archivo histórico decide recordarnos que Irapuato no necesita productoras de terror: le basta con abrir sus libros. Esta semana revivió la leyenda de doña María Yáñez de Vázquez, supuestamente sepultada con vida en 1956, según relatos guardados en el libro de fundación, tradiciones y leyendas de la ciudad. El velador —cuenta la historia— se comunicó con las autoridades, pero “ya fue demasiado tarde”. Cuatro palabras que, en el Bajío, funcionan igual para un rescate en el panteón que para una ambulancia, un bache o un colector de aguas.
Hablamos de un camposanto que alberga más de 100 mil cuerpos, con su primer difunto oficial enterrado en 1890 a los 67 años. Números respetables para cualquier fraccionamiento del estado: más poblado, más ordenado y probablemente con mejor servicio de agua que varias colonias de la superficie. Y, sobre todo, con la puntualidad garantizada: aquí nadie llega antes de tiempo… salvo, según la leyenda, quien todavía respiraba.
Lo hermoso del asunto es la moraleja tan guanajuatense: en tierra de trámites, hasta el descanso eterno exige paciencia. Uno imagina la escena administrativa: fila, ficha, ventanilla cerrada por horario, “vuelva mañana” y un sello que nunca cae a tiempo. Si en vida el ciudadano espera turno para pagar el predial, ¿por qué habría de esperar menos para lo definitivo?
Que conste: la nota es una leyenda documentada, no una acta médica, y así hay que tomarla, como el folclor que le da personalidad a la ciudad. Pero el subtexto es delicioso: en Irapuato la gran tragedia no es el más allá, sino la lentitud del más acá. Un pueblo donde la eficiencia se mide en generaciones y donde el terror verdadero no es que te entierren antes de tiempo, sino que, si algo sale mal, la respuesta llegue —como siempre— demasiado tarde. Que descansen en paz los difuntos y, de paso, los tiempos de respuesta.
Hablamos de un camposanto que alberga más de 100 mil cuerpos, con su primer difunto oficial enterrado en 1890 a los 67 años. Números respetables para cualquier fraccionamiento del estado: más poblado, más ordenado y probablemente con mejor servicio de agua que varias colonias de la superficie. Y, sobre todo, con la puntualidad garantizada: aquí nadie llega antes de tiempo… salvo, según la leyenda, quien todavía respiraba.
Lo hermoso del asunto es la moraleja tan guanajuatense: en tierra de trámites, hasta el descanso eterno exige paciencia. Uno imagina la escena administrativa: fila, ficha, ventanilla cerrada por horario, “vuelva mañana” y un sello que nunca cae a tiempo. Si en vida el ciudadano espera turno para pagar el predial, ¿por qué habría de esperar menos para lo definitivo?
Que conste: la nota es una leyenda documentada, no una acta médica, y así hay que tomarla, como el folclor que le da personalidad a la ciudad. Pero el subtexto es delicioso: en Irapuato la gran tragedia no es el más allá, sino la lentitud del más acá. Un pueblo donde la eficiencia se mide en generaciones y donde el terror verdadero no es que te entierren antes de tiempo, sino que, si algo sale mal, la respuesta llegue —como siempre— demasiado tarde. Que descansen en paz los difuntos y, de paso, los tiempos de respuesta.