La UNAM regresa al lápiz del número 2 porque la inteligencia artificial resultó demasiado inteligente
Tamaño de letra
Hay derrotas tecnológicas que se disfrazan de decisión administrativa, y ésta es una obra maestra del género. La Universidad Nacional Autónoma de México arranca esta semana, en la ciudad de León, su examen de control presencial para aspirantes a licenciatura, luego de que su primera versión —aplicada por completo en línea— produjera resultados que las propias autoridades calificaron de "estadísticamente atípicos". Detrás de ese eufemismo tan digno se esconde una sospecha muy poco digna: el posible uso de inteligencia artificial y otras "ayudas externas" para responder la prueba.
Traduzcamos del institucional al humano. La universidad más grande del país montó un examen en internet, sin vigilancia presencial, confiando en el honor de miles de adolescentes que crecieron con un chatbot en el bolsillo. El resultado sorprendió a todos menos a cualquiera que haya conocido a un adolescente. Es el equivalente pedagógico de dejar el pastel en la mesa, salir del cuarto y regresar escandalizado porque le faltó una rebanada.
Ahora vienen 45 mil 463 aspirantes —el 77% de los llamados— a sentarse con su cita, su sede y su horario asignado, a rendir el examen a la vieja usanza: papel, banca, reloj de pared y un vigilante que patrulla los pasillos con la mirada de tía que sabe. Después de años vendiéndonos que el futuro era digital, resulta que la herramienta antitrampa más confiable del planeta sigue siendo un maestro caminando entre filas. La modernidad, señores, dio la vuelta completa y regresó a 1995, solo que ahora con más logística y menos gis.
Lo simpático es la fe institucional que hubo que quebrar para llegar aquí. Alguien, en algún despacho con aire acondicionado, de verdad creyó que un examen sin supervisión en la era de la IA saldría limpio. Es una inocencia casi tierna, del mismo calibre que dejar las llaves puestas y confiar en la buena vibra del vecindario. La lección salió cara: miles de jóvenes tuvieron que rehacer un trámite ajeno a su culpa, protestar por sus lugares y volver a formarse, todo porque la institución decidió estrenar juguete antes de leer el instructivo.
Que conste: aplicar bien un examen de admisión es asunto serio y necesario, y la UNAM hace lo correcto al blindarlo. Pero permítasenos el gusto de anotar la moraleja en el pizarrón, con letra grande y subrayada: la tecnología promete milagros, y luego el milagro te manda de vuelta al lápiz del número 2. Suerte a los aspirantes; que gane el que sepa, no el que teclee.
Traduzcamos del institucional al humano. La universidad más grande del país montó un examen en internet, sin vigilancia presencial, confiando en el honor de miles de adolescentes que crecieron con un chatbot en el bolsillo. El resultado sorprendió a todos menos a cualquiera que haya conocido a un adolescente. Es el equivalente pedagógico de dejar el pastel en la mesa, salir del cuarto y regresar escandalizado porque le faltó una rebanada.
Ahora vienen 45 mil 463 aspirantes —el 77% de los llamados— a sentarse con su cita, su sede y su horario asignado, a rendir el examen a la vieja usanza: papel, banca, reloj de pared y un vigilante que patrulla los pasillos con la mirada de tía que sabe. Después de años vendiéndonos que el futuro era digital, resulta que la herramienta antitrampa más confiable del planeta sigue siendo un maestro caminando entre filas. La modernidad, señores, dio la vuelta completa y regresó a 1995, solo que ahora con más logística y menos gis.
Lo simpático es la fe institucional que hubo que quebrar para llegar aquí. Alguien, en algún despacho con aire acondicionado, de verdad creyó que un examen sin supervisión en la era de la IA saldría limpio. Es una inocencia casi tierna, del mismo calibre que dejar las llaves puestas y confiar en la buena vibra del vecindario. La lección salió cara: miles de jóvenes tuvieron que rehacer un trámite ajeno a su culpa, protestar por sus lugares y volver a formarse, todo porque la institución decidió estrenar juguete antes de leer el instructivo.
Que conste: aplicar bien un examen de admisión es asunto serio y necesario, y la UNAM hace lo correcto al blindarlo. Pero permítasenos el gusto de anotar la moraleja en el pizarrón, con letra grande y subrayada: la tecnología promete milagros, y luego el milagro te manda de vuelta al lápiz del número 2. Suerte a los aspirantes; que gane el que sepa, no el que teclee.