Ahora hasta el perro necesita papeles: México le pide certificado sanitario a las mascotas gringas
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Que nadie diga que la burocracia no avanza: acaba de conquistar una nueva frontera, la del hocico. La Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural, a través del Senasica, informó que desde principios de agosto todo perro o ave que quiera entrar a México desde Estados Unidos deberá presentar un certificado de inspección que garantice que viene libre del gusano barrenador del ganado. La medida surge de un acuerdo bilateral entre las autoridades sanitarias de ambos países, y tiene una lógica agropecuaria impecable: ese parásito es una amenaza real para el ganado, y más vale cerrarle la puerta antes que lamentar el establo.
Dicho lo serio, permítanos saborear la estampa. A partir de ahora, el Firulais estadounidense que quiera vacacionar en México tendrá que llegar a la línea con su documentación en regla, como cualquier turista responsable. Uno imagina al golden retriever formado en la aduana, moviendo la cola con nerviosismo, mientras un inspector revisa que su certificado esté sellado y vigente. El perico, a su lado, ensaya su mejor cara de ave sin antecedentes. Es la primera vez en la historia que a un chihuahueño se le exige demostrar, con papel membretado, que está más limpio que buena parte del papeleo que circula por estos rumbos.
Hay una ironía deliciosa en el asunto. Vivimos en un país donde cruzar mercancías, personas y hasta responsabilidades públicas suele ser un ejercicio de creatividad documental, y de pronto es el reino animal el que recibe el estándar más riguroso. Al perro se le pide un certificado que garantice su inocencia sanitaria; ojalá tuviéramos esa misma exigencia de comprobantes para otras cosas que sí cruzan sin que nadie revise nada. El barrenador, mientras tanto, deberá conseguirse un pasaporte falso, porque por la vía legal ya no pasa.
Lo cierto es que la disposición protege algo tangible: la sanidad del ganado mexicano, que no es broma cuando de por medio están exportaciones, empleos y la comida en la mesa. El campo michoacano sabe bien lo que cuesta perder un mercado por un descuido sanitario —el aguacate podría dar cátedra sobre suspensiones y nervios. Así que aplaudimos la precaución con las cuatro extremidades.
Pero concédannos la sonrisa. En un México donde a veces parece más fácil pasar un tráiler que una queja ciudadana, resulta entrañable que el nuevo símbolo del control fronterizo sea un cocker spaniel esperando su turno con la lengua de fuera. Que pase el perro, siempre y cuando traiga sus papeles. Los humanos, ya veremos.
Dicho lo serio, permítanos saborear la estampa. A partir de ahora, el Firulais estadounidense que quiera vacacionar en México tendrá que llegar a la línea con su documentación en regla, como cualquier turista responsable. Uno imagina al golden retriever formado en la aduana, moviendo la cola con nerviosismo, mientras un inspector revisa que su certificado esté sellado y vigente. El perico, a su lado, ensaya su mejor cara de ave sin antecedentes. Es la primera vez en la historia que a un chihuahueño se le exige demostrar, con papel membretado, que está más limpio que buena parte del papeleo que circula por estos rumbos.
Hay una ironía deliciosa en el asunto. Vivimos en un país donde cruzar mercancías, personas y hasta responsabilidades públicas suele ser un ejercicio de creatividad documental, y de pronto es el reino animal el que recibe el estándar más riguroso. Al perro se le pide un certificado que garantice su inocencia sanitaria; ojalá tuviéramos esa misma exigencia de comprobantes para otras cosas que sí cruzan sin que nadie revise nada. El barrenador, mientras tanto, deberá conseguirse un pasaporte falso, porque por la vía legal ya no pasa.
Lo cierto es que la disposición protege algo tangible: la sanidad del ganado mexicano, que no es broma cuando de por medio están exportaciones, empleos y la comida en la mesa. El campo michoacano sabe bien lo que cuesta perder un mercado por un descuido sanitario —el aguacate podría dar cátedra sobre suspensiones y nervios. Así que aplaudimos la precaución con las cuatro extremidades.
Pero concédannos la sonrisa. En un México donde a veces parece más fácil pasar un tráiler que una queja ciudadana, resulta entrañable que el nuevo símbolo del control fronterizo sea un cocker spaniel esperando su turno con la lengua de fuera. Que pase el perro, siempre y cuando traiga sus papeles. Los humanos, ya veremos.