Cuba descubre el mercado libre y Chihuahua lo recibe con un café de olla
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Hay noticias que viajan tan lento que cuando llegan ya parecen arqueología. Esta semana el gobierno de Cuba anunció, con la solemnidad de quien inventa el agua tibia, un paquete de reformas económicas para abrir más actividades al sector privado, atraer inversión extranjera y —agárrese del sombrero— reducir la estructura del Estado. El Comité Central aplaudió. Raúl Castro mandó carta diciendo que es "lo que más conviene hoy a la revolución". Sesenta y tantos años después, la revolución descubre que conviene… vender cosas. Bienvenidos al capitalismo, llegaron tarde pero llegaron.
Entre las medidas destaca que los empresarios privados podrán tener un objeto social "lo más amplio posible", con menos actividades prohibidas. Traducido al chihuahuense: por fin podrás poner tu taquería sin que un funcionario decida que las tortillas son contrarrevolucionarias. También prometen "acelerar autorizaciones" y "descentralizar procesos", frase que aquí en la frontera conocemos bien porque también nos la dicen cada sexenio cuando hacemos un trámite en alguna ventanilla que abre de once a once y cuarto.
El presidente Díaz-Canel anunció además una reducción "importante" de empleados estatales y menos ministerios. Detalle delicioso: el mismo recorte ya se había anunciado hace tres años y no pasó nada. Es el equivalente cubano de esa amiga que lleva una década diciendo que el lunes empieza la dieta. La diferencia es que aquí el lunes lo aprueba el Parlamento en julio, así que técnicamente hay calendario, lo cual en política siempre es señal de que algo NO va a ocurrir.
Uno lee el contexto y entiende la urgencia: apagones, desabasto, problemas para conseguir comida y medicinas. Es decir, la lista del súper de cualquier viernes, pero a escala nacional y sin opción de irte al otro súper. Por eso ahora le abren la puerta a los cubanos de dentro y fuera de la isla para que inviertan como si fueran extranjeros. Es conmovedor: para que tu propio gobierno te trate bien, primero tienes que parecer de Texas.
Y mientras tanto, prometen mantener todas las responsabilidades sociales del Estado, atraer capital, dinamizar empresas estatales y darles "autonomía" en salarios e importaciones. O sea: quieren mercado libre los días pares y planificación central los impares. Es el clásico "quiero adelgazar pero sin moverme y comiendo gorditas". Cualquier norteño con un changarro le podría explicar que eso no cuadra ni en la contabilidad de una tiendita de la colonia.
La moraleja, vista desde Chihuahua, es casi tierna. Resulta que después de décadas de discursos heroicos, la conclusión a la que llega media humanidad antes del desayuno es la misma: hay que dejar que la gente trabaje, venda, invierta y no la estén fregando con permisos. No hizo falta una revolución para descubrirlo; bastaba con pararse un sábado en cualquier mercado y ver cómo, sin comité central, todo mundo ya estaba haciendo negocio desde las siete de la mañana.
Entre las medidas destaca que los empresarios privados podrán tener un objeto social "lo más amplio posible", con menos actividades prohibidas. Traducido al chihuahuense: por fin podrás poner tu taquería sin que un funcionario decida que las tortillas son contrarrevolucionarias. También prometen "acelerar autorizaciones" y "descentralizar procesos", frase que aquí en la frontera conocemos bien porque también nos la dicen cada sexenio cuando hacemos un trámite en alguna ventanilla que abre de once a once y cuarto.
El presidente Díaz-Canel anunció además una reducción "importante" de empleados estatales y menos ministerios. Detalle delicioso: el mismo recorte ya se había anunciado hace tres años y no pasó nada. Es el equivalente cubano de esa amiga que lleva una década diciendo que el lunes empieza la dieta. La diferencia es que aquí el lunes lo aprueba el Parlamento en julio, así que técnicamente hay calendario, lo cual en política siempre es señal de que algo NO va a ocurrir.
Uno lee el contexto y entiende la urgencia: apagones, desabasto, problemas para conseguir comida y medicinas. Es decir, la lista del súper de cualquier viernes, pero a escala nacional y sin opción de irte al otro súper. Por eso ahora le abren la puerta a los cubanos de dentro y fuera de la isla para que inviertan como si fueran extranjeros. Es conmovedor: para que tu propio gobierno te trate bien, primero tienes que parecer de Texas.
Y mientras tanto, prometen mantener todas las responsabilidades sociales del Estado, atraer capital, dinamizar empresas estatales y darles "autonomía" en salarios e importaciones. O sea: quieren mercado libre los días pares y planificación central los impares. Es el clásico "quiero adelgazar pero sin moverme y comiendo gorditas". Cualquier norteño con un changarro le podría explicar que eso no cuadra ni en la contabilidad de una tiendita de la colonia.
La moraleja, vista desde Chihuahua, es casi tierna. Resulta que después de décadas de discursos heroicos, la conclusión a la que llega media humanidad antes del desayuno es la misma: hay que dejar que la gente trabaje, venda, invierta y no la estén fregando con permisos. No hizo falta una revolución para descubrirlo; bastaba con pararse un sábado en cualquier mercado y ver cómo, sin comité central, todo mundo ya estaba haciendo negocio desde las siete de la mañana.