Chihuahua estrena temporada de aceros: del sablazo samurái al machete de tránsito
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Hay estados que presumen sus cielos, su gastronomía o sus pistas de baile. Chihuahua acaba de agregar, sin querer, un nuevo distintivo turístico: la esgrima urbana. En cuestión de días, la entidad acumuló episodios que parecen sacados de una película de época mal ambientada, solo que con banqueta, tránsito y expediente penal.
El caso más brutal ocurrió en Ciudad Juárez, sobre la calle Desierto de Sahel: un hombre atacó a su vecino con un arma tipo espada, de esas que uno asocia con samuráis de cine, y le cortó la mano. La herida fue tan grave que los médicos ya no pudieron reimplantarla. El presunto responsable, Yovani Said, quedó en prisión preventiva y tiene audiencia de vinculación programada para el viernes. No hay chiste que aligere el saldo —una persona perdió una mano—, pero sí queda la pregunta incómoda: ¿en qué punto una diferencia entre vecinos escala de la clásica bronca de estacionamiento al duelo con katana?
Como si la coincidencia quisiera armar antología, casi al mismo tiempo se difundió otro video, ahora frente a una universidad tecnológica de la misma frontera: tras un choque menor, el conductor de un automóvil compacto se bajó a discutir, se agarraron a golpes y el asunto terminó con un machete en escena. Dos filos distintos, una misma moraleja: en Chihuahua ya no basta con saber manejar, hay que saber esgrimir.
Lo que preocupa no es solo el arma blanca, sino la naturalidad con que aparece. Antes, el pleito vial se resolvía con mentadas, claxon y, en el peor de los casos, un rayón al cofre. Hoy el repertorio incluye espadas decorativas convertidas en instrumento de mutilación y machetes que salen de la cajuela como quien saca el gato para cambiar una llanta. La autoridad hace su parte —hay imputaciones, prisión preventiva, audiencias—, pero el fenómeno cultural va más rápido que el código penal.
Quizá sea momento de que los cursos de manejo incluyan un módulo de contención de emociones, o de que las ferreterías pongan un letrero: "lo que compra para el rancho, no es para el vecino". Mientras tanto, la recomendación práctica es de las tristes: si va a discutir por un espacio de estacionamiento o por una música muy fuerte, respire, cuente hasta diez y recuerde que ninguna razón, por buena que parezca, vale una mano ajena. En el estado de los aceros, el verdadero acto de valentía es guardar el filo.
El caso más brutal ocurrió en Ciudad Juárez, sobre la calle Desierto de Sahel: un hombre atacó a su vecino con un arma tipo espada, de esas que uno asocia con samuráis de cine, y le cortó la mano. La herida fue tan grave que los médicos ya no pudieron reimplantarla. El presunto responsable, Yovani Said, quedó en prisión preventiva y tiene audiencia de vinculación programada para el viernes. No hay chiste que aligere el saldo —una persona perdió una mano—, pero sí queda la pregunta incómoda: ¿en qué punto una diferencia entre vecinos escala de la clásica bronca de estacionamiento al duelo con katana?
Como si la coincidencia quisiera armar antología, casi al mismo tiempo se difundió otro video, ahora frente a una universidad tecnológica de la misma frontera: tras un choque menor, el conductor de un automóvil compacto se bajó a discutir, se agarraron a golpes y el asunto terminó con un machete en escena. Dos filos distintos, una misma moraleja: en Chihuahua ya no basta con saber manejar, hay que saber esgrimir.
Lo que preocupa no es solo el arma blanca, sino la naturalidad con que aparece. Antes, el pleito vial se resolvía con mentadas, claxon y, en el peor de los casos, un rayón al cofre. Hoy el repertorio incluye espadas decorativas convertidas en instrumento de mutilación y machetes que salen de la cajuela como quien saca el gato para cambiar una llanta. La autoridad hace su parte —hay imputaciones, prisión preventiva, audiencias—, pero el fenómeno cultural va más rápido que el código penal.
Quizá sea momento de que los cursos de manejo incluyan un módulo de contención de emociones, o de que las ferreterías pongan un letrero: "lo que compra para el rancho, no es para el vecino". Mientras tanto, la recomendación práctica es de las tristes: si va a discutir por un espacio de estacionamiento o por una música muy fuerte, respire, cuente hasta diez y recuerde que ninguna razón, por buena que parezca, vale una mano ajena. En el estado de los aceros, el verdadero acto de valentía es guardar el filo.