Decepcionado pero bien hidratado: manual tapatío para no pagar y aun así sentirse la víctima
Tamaño de letra
Hay decepciones que forman el carácter: que te dejen plantado, que el aguacate salga negro por dentro, que el Siapa te mande agua color caldo de pozole. Y luego está la decepción tamaño gobernador. Pablo Lemus volvió de la Ciudad de México para confesar que está "verdaderamente decepcionado", tres palabras que en Jalisco ya deberían ir grabadas en el escudo, debajo del cerro y arriba de la deuda.
¿De quién la decepción? De Tlaquepaque y Tonalá, esos dos municipios que se niegan a reconocer adeudos históricos con el Siapa —260 y 90 millones de pesos, según el organismo— mientras Guadalajara, Zapopan, Tlajomulco y hasta la UdeG ya se formaron en la fila del cajero. La postura alfarera es una obra maestra de la contabilidad emocional: cada quien quiere pagar su propia fiesta y dejarle la cuenta al que estaba antes, como el que en la carne asada se sirve tres veces y a la hora de la cooperacha descubre que dejó la cartera en el otro pantalón. Tonalá presume un abono de 3.3 millones —el equivalente a pagar la hipoteca con lo que juntas en el cochinito— y pide que revisen las cuentas de otras dependencias, o sea, la clásica "a ver, primero cóbrale a aquél". Tlaquepaque jura que ya pagó y exige trato igualitario. Y el Siapa, con la paciencia de un cobrador de tandas, amaga con cortar el agua. Amenazar con quitarle el agua a colonias que ya la reciben sucia es, técnicamente, subir de nivel en el mismo videojuego.
La escena tiene contexto: Lemus fue a la capital a mendigar recursos hídricos y las puertas que se abrieron no fueron las de Palacio Nacional —lleva nueve meses esperando esa cita, un embarazo completo— sino las de Bucareli, que en el protocolo presidencial es como pedir mesa junto a la puerta del baño. Le prometieron apoyar el Acueducto Sustituto y la potabilizadora de Miravalle, unos 15 mil millones de pesos que en los próximos quince días Conagua evaluará técnicamente, es decir, dentro de un rato, en tiempo burócrata, que se mide en eras geológicas. El gobernador dice que confía plenamente en la palabra de la Presidenta; nosotros confiamos plenamente en que el agua siga saliendo del color del atole.
Mientras la metrópoli discute quién paga la fiesta, en Tamazula de Gordiano ocurrió el eufemismo del año. Un helicóptero MI-17 de la Marina no se cayó: realizó un "desplome controlado". La distinción es fundamental. Un desplome es una desgracia; un desplome controlado es una desgracia con proyecto ejecutivo. Tres marinos resultaron lesionados, sin gravedad, y el gobernador se apuró a aclarar que no fue derribo. Bien, porque en estos días la diferencia entre "aterrizamos" y "nos aterrizaron" es puramente narrativa. Habrá que agregar el término al diccionario tapatío, junto a "agua potable" y otras ficciones institucionales.
Y hablando de instituciones firmes: en Zapopan, elementos federales de la estrategia de Omar García Harfuch fueron asaltados y despojados de sus armas mientras hacían labores de inteligencia. Léase con calma: le robaron el arma a los que nos cuidan. Es como que a un salvavidas se lo lleve la corriente, o que al de la ferretería le roben el martillo. La inteligencia, esta vez, se quedó sin cargador y con una lección de humildad. Los ladrones huyeron; la ironía se quedó a vivir en la colonia.
En el capítulo inmobiliario, el ITESO confirmó que rentar en Zapopan ya cuesta lo que en su día costó comprar: el municipio escaló en el ranking nacional de carestía, o sea que pagas precio de penthouse por vivir donde el Siapa te manda agua de garrafón moral. Y para cerrar con broche nacional, en San Lázaro dos legisladores federales, Arturo Ávila y Carlos Gutiérrez, protagonizaron empujones e insultos: la política mexicana pasó del debate de altura al agarrón de kínder, sin escala en la argumentación.
Al menos alguien piensa en los inocentes: en Puerto Vallarta, una asociación recordó que matar cocodrilos no es la solución, y que el problema no es que sobren reptiles sino que les tumbaron el 90% de su hábitat. Traducido: no hay sobrepoblación de cocodrilos, hay sobrepoblación de fraccionamientos. El cocodrilo, criatura noble, jamás fingió un desplome controlado ni se dijo "verdaderamente decepcionado". Ese nivel de cinismo, por ahora, sigue siendo exclusivamente humano.
¿De quién la decepción? De Tlaquepaque y Tonalá, esos dos municipios que se niegan a reconocer adeudos históricos con el Siapa —260 y 90 millones de pesos, según el organismo— mientras Guadalajara, Zapopan, Tlajomulco y hasta la UdeG ya se formaron en la fila del cajero. La postura alfarera es una obra maestra de la contabilidad emocional: cada quien quiere pagar su propia fiesta y dejarle la cuenta al que estaba antes, como el que en la carne asada se sirve tres veces y a la hora de la cooperacha descubre que dejó la cartera en el otro pantalón. Tonalá presume un abono de 3.3 millones —el equivalente a pagar la hipoteca con lo que juntas en el cochinito— y pide que revisen las cuentas de otras dependencias, o sea, la clásica "a ver, primero cóbrale a aquél". Tlaquepaque jura que ya pagó y exige trato igualitario. Y el Siapa, con la paciencia de un cobrador de tandas, amaga con cortar el agua. Amenazar con quitarle el agua a colonias que ya la reciben sucia es, técnicamente, subir de nivel en el mismo videojuego.
La escena tiene contexto: Lemus fue a la capital a mendigar recursos hídricos y las puertas que se abrieron no fueron las de Palacio Nacional —lleva nueve meses esperando esa cita, un embarazo completo— sino las de Bucareli, que en el protocolo presidencial es como pedir mesa junto a la puerta del baño. Le prometieron apoyar el Acueducto Sustituto y la potabilizadora de Miravalle, unos 15 mil millones de pesos que en los próximos quince días Conagua evaluará técnicamente, es decir, dentro de un rato, en tiempo burócrata, que se mide en eras geológicas. El gobernador dice que confía plenamente en la palabra de la Presidenta; nosotros confiamos plenamente en que el agua siga saliendo del color del atole.
Mientras la metrópoli discute quién paga la fiesta, en Tamazula de Gordiano ocurrió el eufemismo del año. Un helicóptero MI-17 de la Marina no se cayó: realizó un "desplome controlado". La distinción es fundamental. Un desplome es una desgracia; un desplome controlado es una desgracia con proyecto ejecutivo. Tres marinos resultaron lesionados, sin gravedad, y el gobernador se apuró a aclarar que no fue derribo. Bien, porque en estos días la diferencia entre "aterrizamos" y "nos aterrizaron" es puramente narrativa. Habrá que agregar el término al diccionario tapatío, junto a "agua potable" y otras ficciones institucionales.
Y hablando de instituciones firmes: en Zapopan, elementos federales de la estrategia de Omar García Harfuch fueron asaltados y despojados de sus armas mientras hacían labores de inteligencia. Léase con calma: le robaron el arma a los que nos cuidan. Es como que a un salvavidas se lo lleve la corriente, o que al de la ferretería le roben el martillo. La inteligencia, esta vez, se quedó sin cargador y con una lección de humildad. Los ladrones huyeron; la ironía se quedó a vivir en la colonia.
En el capítulo inmobiliario, el ITESO confirmó que rentar en Zapopan ya cuesta lo que en su día costó comprar: el municipio escaló en el ranking nacional de carestía, o sea que pagas precio de penthouse por vivir donde el Siapa te manda agua de garrafón moral. Y para cerrar con broche nacional, en San Lázaro dos legisladores federales, Arturo Ávila y Carlos Gutiérrez, protagonizaron empujones e insultos: la política mexicana pasó del debate de altura al agarrón de kínder, sin escala en la argumentación.
Al menos alguien piensa en los inocentes: en Puerto Vallarta, una asociación recordó que matar cocodrilos no es la solución, y que el problema no es que sobren reptiles sino que les tumbaron el 90% de su hábitat. Traducido: no hay sobrepoblación de cocodrilos, hay sobrepoblación de fraccionamientos. El cocodrilo, criatura noble, jamás fingió un desplome controlado ni se dijo "verdaderamente decepcionado". Ese nivel de cinismo, por ahora, sigue siendo exclusivamente humano.