Cirugía mayor para una gotera: La Soledad se queda sin agua
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Cinco litros por segundo. Ese es el enemigo. Una fuga que, medida con la calma de un domingo, equivale más o menos a una llave abierta con ganas. Para combatirla, el Simapag anunció que vaciará por completo la presa La Soledad durante una semana, porque el orificio traidor está a cuarenta metros de profundidad, y luego dedicará unos quince días al sellado. En total, casi un mes de operación para ir a saludar a un agujero que, con suerte, cabe en la palma de la mano.
Uno entiende la lógica de ingeniería: a cuarenta metros no se baja con un flotador y buenas intenciones. Pero el guanajuatense promedio, criado en la escuela del "ahí se va" y del cubetazo estratégico, no puede evitar la pregunta existencial: ¿de verdad no había manera menos apocalíptica? Vaciar una presa entera para reparar una fuga tiene la misma elegancia que desmantelar la cocina porque chilla una bisagra.
Hay, además, una poesía involuntaria en el nombre. La Soledad se va a quedar, efectivamente, sola: sin agua, sin peces desconcertados, sin reflejo del cielo. Un cuerpo de agua condenado a la soltería temporal por culpa de cinco litritos rebeldes. Cuando vuelva a llenarse, tendrá derecho a exigir una disculpa pública.
El detalle fino es el timing. Estamos en plena temporada de lluvias, con granizadas afectando cultivos en Abasolo y encharcamientos coleccionables en medio Bajío. Vaciar una presa mientras el cielo reparte agua a domicilio es una de esas ironías que sólo la administración pública sabe coreografiar con cara seria. Sobra líquido en las calles, falta en la presa, y el calendario se encoge de hombros.
Que conste: reparar la fuga es lo correcto, y más vale atender un problema de infraestructura antes de que crezca. Nadie quiere una presa con más agujeros que coladera. Pero permítanos el minuto de asombro provinciano ante la escala del remedio. En otras latitudes mandan un buzo; aquí mandamos una despedida de una semana al agua embalsada.
Quince días de sellado después, La Soledad recuperará su nombre a la inversa: volverá a estar acompañada. Y nosotros habremos aprendido, una vez más, que por estos rumbos los problemas pequeños reciben soluciones descomunales, mientras los descomunales, a veces, siguen esperando su buzo.
Uno entiende la lógica de ingeniería: a cuarenta metros no se baja con un flotador y buenas intenciones. Pero el guanajuatense promedio, criado en la escuela del "ahí se va" y del cubetazo estratégico, no puede evitar la pregunta existencial: ¿de verdad no había manera menos apocalíptica? Vaciar una presa entera para reparar una fuga tiene la misma elegancia que desmantelar la cocina porque chilla una bisagra.
Hay, además, una poesía involuntaria en el nombre. La Soledad se va a quedar, efectivamente, sola: sin agua, sin peces desconcertados, sin reflejo del cielo. Un cuerpo de agua condenado a la soltería temporal por culpa de cinco litritos rebeldes. Cuando vuelva a llenarse, tendrá derecho a exigir una disculpa pública.
El detalle fino es el timing. Estamos en plena temporada de lluvias, con granizadas afectando cultivos en Abasolo y encharcamientos coleccionables en medio Bajío. Vaciar una presa mientras el cielo reparte agua a domicilio es una de esas ironías que sólo la administración pública sabe coreografiar con cara seria. Sobra líquido en las calles, falta en la presa, y el calendario se encoge de hombros.
Que conste: reparar la fuga es lo correcto, y más vale atender un problema de infraestructura antes de que crezca. Nadie quiere una presa con más agujeros que coladera. Pero permítanos el minuto de asombro provinciano ante la escala del remedio. En otras latitudes mandan un buzo; aquí mandamos una despedida de una semana al agua embalsada.
Quince días de sellado después, La Soledad recuperará su nombre a la inversa: volverá a estar acompañada. Y nosotros habremos aprendido, una vez más, que por estos rumbos los problemas pequeños reciben soluciones descomunales, mientras los descomunales, a veces, siguen esperando su buzo.