El lápiz contra la máquina: León repite el examen que ya había pasado
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Que levante la mano quien haya aprobado un examen y luego haya tenido que viajar cientos de kilómetros para volver a aprobarlo. En León, 2,777 jóvenes lo hicieron esta semana. La UNAM detectó "irregularidades" en su proceso de admisión en línea y decidió reponerlo de manera presencial, con lápiz, goma y sacapuntas, como Dios y los años noventa mandan. La capital zapatera recibió a más de dos mil aspirantes que llegaron desde Durango, Michoacán y la Ciudad de México, muchos con empleos suspendidos y varios miles de pesos menos en la cartera, para demostrar por segunda vez lo que ya habían demostrado.
La narrativa periodística abrazó la épica con títulos memorables: "el lápiz vence a la IA", "mente de tiburón". Y aunque suenan a comercial de útiles escolares, encierran una verdad incómoda: en 2026, con inteligencia artificial hasta en el refrigerador, la solución más confiable que encontró el sistema fue el HB número dos. Nada de algoritmos: madera, grafito y una goma por si tiembla el pulso.
El verdadero ganador no presentó examen. Un vendedor de 65 años montó su changarro de lápices, plumas, gomas y sacapuntas afuera de la sede y entendió, mejor que nadie, la economía del asunto: cuando el sistema falla, siempre habrá quien venda las herramientas para arreglarlo a mano. Ese señor no necesita entrar a la universidad; podría dar la cátedra de modelo de negocios.
Detrás de los titulares bonitos hay una factura muy poco fotogénica. Cada "cita" repuesta significa un boleto de camión, una noche de hotel, un día de trabajo perdido, una familia acompañando con los nervios de punta. José y Caín viajaron a León "a demostrar otra vez que merecen entrar"; Norma Angélica cruzó desde Jalisco para acompañar a su hijo a repetir la prueba de Física. La ilusión es real, el esfuerzo es real, y la irregularidad que los trajo hasta aquí no la pusieron ellos.
Lo tierno del caso es que los propios aspirantes calificaron el examen presencial "mejor que el de línea". Claro: cuando te obligan a pagar dos veces la entrada, terminas convenciéndote de que la segunda función estuvo mejor. Es el síndrome del consumidor resignado, versión educación superior.
Ojalá la lección institucional sea la correcta y no la que se antoja: que digitalizar sin cuidado sale caro, y que quien paga la cuenta del error digital siempre es el de a pie, con lápiz en mano y esperanza a cuestas.
La narrativa periodística abrazó la épica con títulos memorables: "el lápiz vence a la IA", "mente de tiburón". Y aunque suenan a comercial de útiles escolares, encierran una verdad incómoda: en 2026, con inteligencia artificial hasta en el refrigerador, la solución más confiable que encontró el sistema fue el HB número dos. Nada de algoritmos: madera, grafito y una goma por si tiembla el pulso.
El verdadero ganador no presentó examen. Un vendedor de 65 años montó su changarro de lápices, plumas, gomas y sacapuntas afuera de la sede y entendió, mejor que nadie, la economía del asunto: cuando el sistema falla, siempre habrá quien venda las herramientas para arreglarlo a mano. Ese señor no necesita entrar a la universidad; podría dar la cátedra de modelo de negocios.
Detrás de los titulares bonitos hay una factura muy poco fotogénica. Cada "cita" repuesta significa un boleto de camión, una noche de hotel, un día de trabajo perdido, una familia acompañando con los nervios de punta. José y Caín viajaron a León "a demostrar otra vez que merecen entrar"; Norma Angélica cruzó desde Jalisco para acompañar a su hijo a repetir la prueba de Física. La ilusión es real, el esfuerzo es real, y la irregularidad que los trajo hasta aquí no la pusieron ellos.
Lo tierno del caso es que los propios aspirantes calificaron el examen presencial "mejor que el de línea". Claro: cuando te obligan a pagar dos veces la entrada, terminas convenciéndote de que la segunda función estuvo mejor. Es el síndrome del consumidor resignado, versión educación superior.
Ojalá la lección institucional sea la correcta y no la que se antoja: que digitalizar sin cuidado sale caro, y que quien paga la cuenta del error digital siempre es el de a pie, con lápiz en mano y esperanza a cuestas.