La capital que se traga solita: crónica de una ciudad con hoyos en el presupuesto y en el pavimento
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Hay ciudades que se caen a pedazos como figura retórica. La nuestra prefiere el sentido literal. Esta semana, en la colonia Ramos Millán, el subsuelo de Iztacalco decidió que ya estuvo bueno y se abrió en dos socavones que se tragaron sendos camiones, cortesía de un colector de drenaje que cumplió medio siglo de servicio sin una mísera fiesta de jubilación. Las autoridades, con esa poesía técnica que las distingue, lo bautizaron 'deterioro natural de la infraestructura'. Natural, sí, como envejecer: uno sabe que va a pasar, pero nadie hace nada hasta que el terreno se reblandece y dos unidades desaparecen a treinta metros una de la otra, como si el asfalto llevara la cuenta.
Del hoyo pasamos al estruendo. En la Roma Norte, un restaurante de la Álvaro Obregón recibió a los bomberos con la peor de las cortesías: llamaron por olor a gas, los cuerpos de emergencia acudieron a inspeccionar y el local respondió con una deflagración que dejó más de una decena de servidores lesionados, entre bomberos, Protección Civil y policías. Que quede claro el guion: el que arriesga el pellejo es el que termina en el hospital, mientras una puerta retorcida aterrizaba en el camellón como recuerdo del susto. En la CDMX hasta las fugas de gas tienen mejor sincronía que Movilidad.
Hablando de estructuras que no aguantan, en la Miguel Hidalgo el predio de Minería 145 luce ya más de setenta sellos de suspensión, un récord que ninguna colección de estampas envidiaría. La demolición sigue congelada mientras se deslindan responsabilidades, y los vecinos de junto se enteraron de que había reunión con la empresa por pura intuición, porque a la junta no los invitaron. Diez años atrás demolieron enfrente y tampoco les avisaron: si algo es consistente en esta ciudad, es la puntualidad para no informar.
El tema de moda, sin embargo, es el despojo de casas. Cayeron cinco presuntos por intentar quitarle su inmueble a dos personas, entre ellas un ciudadano uruguayo que descubrió a la mala que en la CDMX la posesión es nueve décimas de la ley y la otra décima la ponen unos señores armados. Los especialistas apuntan que apenas en siete de cada cien casos hay un detenido y que el crimen usa esas viviendas como oficina. Mientras tanto, cada alcalde salió a jurar que ellos sí cobijan, protegen y acompañan; con tanto abrazo institucional, uno esperaría menos casas robadas y más mantas de bienvenida.
En La Merced la cosa viene de lejos: los comerciantes señalan al menos seis grupos que los extorsionan desde 2019, algunos ligados a la Unión, y aseguran que las autoridades 'tienen conocimiento' desde la administración pasada. El conocimiento, tristemente, no cubre la cuota semanal. Y si de trayectos hablamos, un estudiante de Chimalhuacán resume la epopeya diaria de la periferia: hasta cuatro horas de ida y vuelta y cuarenta pesos para asistir a clase, entre combi, Metro y Trolebús. La ciudad presume su movilidad de vanguardia; a algunos jóvenes esa vanguardia les cuesta media jornada laboral en asiento ajeno.
Para colmo, los scooters cuyo permiso venció el 10 de agosto siguen dignamente estacionados en la banqueta, mientras Semovi 'analiza' una prórroga. Analizar es el verbo favorito de la capital: se analiza la prórroga, se analiza el socavón, se analiza por qué el Centrobús circula medio vacío. Del otro lado del tablero, el superpeso presumió coquetear con la barrera de los 17 por dólar, aunque en la ventanilla del cambista el billete verde seguía rondando los 18. El peso está fuerte para las gráficas y frágil para la cartera: la eterna dualidad nacional.
Cerramos con dos postales que retratan al país. La UNAM aplicó su nuevo examen de control 'imposible de hackear': sin internet, con notario de fe pública y una cuadrilla de vigilantes cuidando a un puñado de aspirantes, como si el fraude fuera más temido que la deserción. Y en la Central de Abasto, la SSC interceptó una camioneta donde viajaba, de copiloto y sin cinturón, un tigre de bengala blanco de casi cuatro meses. En una ciudad que se traga camiones, que le explotan los restaurantes y a la que le roban casas, lo del felino ya casi parecía trámite. Bienvenidos a la capital: donde lo insólito hace cola detrás de lo cotidiano.
Del hoyo pasamos al estruendo. En la Roma Norte, un restaurante de la Álvaro Obregón recibió a los bomberos con la peor de las cortesías: llamaron por olor a gas, los cuerpos de emergencia acudieron a inspeccionar y el local respondió con una deflagración que dejó más de una decena de servidores lesionados, entre bomberos, Protección Civil y policías. Que quede claro el guion: el que arriesga el pellejo es el que termina en el hospital, mientras una puerta retorcida aterrizaba en el camellón como recuerdo del susto. En la CDMX hasta las fugas de gas tienen mejor sincronía que Movilidad.
Hablando de estructuras que no aguantan, en la Miguel Hidalgo el predio de Minería 145 luce ya más de setenta sellos de suspensión, un récord que ninguna colección de estampas envidiaría. La demolición sigue congelada mientras se deslindan responsabilidades, y los vecinos de junto se enteraron de que había reunión con la empresa por pura intuición, porque a la junta no los invitaron. Diez años atrás demolieron enfrente y tampoco les avisaron: si algo es consistente en esta ciudad, es la puntualidad para no informar.
El tema de moda, sin embargo, es el despojo de casas. Cayeron cinco presuntos por intentar quitarle su inmueble a dos personas, entre ellas un ciudadano uruguayo que descubrió a la mala que en la CDMX la posesión es nueve décimas de la ley y la otra décima la ponen unos señores armados. Los especialistas apuntan que apenas en siete de cada cien casos hay un detenido y que el crimen usa esas viviendas como oficina. Mientras tanto, cada alcalde salió a jurar que ellos sí cobijan, protegen y acompañan; con tanto abrazo institucional, uno esperaría menos casas robadas y más mantas de bienvenida.
En La Merced la cosa viene de lejos: los comerciantes señalan al menos seis grupos que los extorsionan desde 2019, algunos ligados a la Unión, y aseguran que las autoridades 'tienen conocimiento' desde la administración pasada. El conocimiento, tristemente, no cubre la cuota semanal. Y si de trayectos hablamos, un estudiante de Chimalhuacán resume la epopeya diaria de la periferia: hasta cuatro horas de ida y vuelta y cuarenta pesos para asistir a clase, entre combi, Metro y Trolebús. La ciudad presume su movilidad de vanguardia; a algunos jóvenes esa vanguardia les cuesta media jornada laboral en asiento ajeno.
Para colmo, los scooters cuyo permiso venció el 10 de agosto siguen dignamente estacionados en la banqueta, mientras Semovi 'analiza' una prórroga. Analizar es el verbo favorito de la capital: se analiza la prórroga, se analiza el socavón, se analiza por qué el Centrobús circula medio vacío. Del otro lado del tablero, el superpeso presumió coquetear con la barrera de los 17 por dólar, aunque en la ventanilla del cambista el billete verde seguía rondando los 18. El peso está fuerte para las gráficas y frágil para la cartera: la eterna dualidad nacional.
Cerramos con dos postales que retratan al país. La UNAM aplicó su nuevo examen de control 'imposible de hackear': sin internet, con notario de fe pública y una cuadrilla de vigilantes cuidando a un puñado de aspirantes, como si el fraude fuera más temido que la deserción. Y en la Central de Abasto, la SSC interceptó una camioneta donde viajaba, de copiloto y sin cinturón, un tigre de bengala blanco de casi cuatro meses. En una ciudad que se traga camiones, que le explotan los restaurantes y a la que le roban casas, lo del felino ya casi parecía trámite. Bienvenidos a la capital: donde lo insólito hace cola detrás de lo cotidiano.