Huachicol edición coleccionista: ya viene en diésel, en hidrocarburo y hasta en cemento
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Si algo demostró esta semana es que el huachicol dejó de ser un producto de nicho para convertirse en toda una línea de temporada. En General Escobedo, las autoridades federales aseguraron 356 mil 500 litros de diésel guardados con esmero en un predio, junto con siete tractocamiones, una docena de toneles y hasta cinco bombas de trasvase, porque estas cosas se hacen con equipo profesional o no se hacen. En Pesquería, otro cateo destapó más de 62 mil litros de hidrocarburo, con nueve autotanques tipo pipa y diez tanques de gran capacidad de propina. Y por si el noreste se sentía solo en el negocio, el Congreso de la Unión encendió las alarmas por el ‘cemento huachicol’ que se vende en Tijuana con riesgo de que se caigan las construcciones.
Detengámonos ahí un segundo. Cemento adulterado. Es decir, llegamos al punto en que hasta el material con el que se sostienen los edificios tiene su versión pirata. El clásico ‘está barato porque es de buen precio’ nunca sonó tan aterrador. Uno compra por ahorrar, y termina viviendo bajo un techo que fue construido con la misma filosofía que un cargador de teléfono de segunda mano: funciona hasta que un día, de repente, ya no.
Lo notable del catálogo huachicolero es su versatilidad. Empezó robando gasolina, evolucionó al diésel, se diversificó al hidrocarburo en general, y ahora incursiona en la construcción. A este ritmo, el emprendimiento clandestino más innovador del país no está en ningún parque tecnológico: está en un predio con una pipa, un tanque frac y muchas ganas de facturar sin factura.
Hay que reconocerle a las autoridades el trabajo: decomisos van, cateos vienen, y el desfile de tractocamiones asegurados ya parece agencia automotriz. El problema es que cada golpe exitoso deja la misma pregunta incómoda: ¿cuántos predios, cuántas pipas y cuántos tambos siguen operando sin que nadie los denuncie hasta que se incendian? Porque conviene recordar que el hallazgo de Pesquería salió a la luz gracias a un incendio previo. La detección más confiable del huachicol sigue siendo, tristemente, que primero se prenda.
En fin, Nuevo León y el país entero pueden presumir un mercado negro de amplísima gama: llénale el tanque, échale al camión, cuélale al edificio. Solo falta que salga la versión huachicol de la confianza ciudadana. Ah, no, esperen: esa ya se agotó hace rato.
Detengámonos ahí un segundo. Cemento adulterado. Es decir, llegamos al punto en que hasta el material con el que se sostienen los edificios tiene su versión pirata. El clásico ‘está barato porque es de buen precio’ nunca sonó tan aterrador. Uno compra por ahorrar, y termina viviendo bajo un techo que fue construido con la misma filosofía que un cargador de teléfono de segunda mano: funciona hasta que un día, de repente, ya no.
Lo notable del catálogo huachicolero es su versatilidad. Empezó robando gasolina, evolucionó al diésel, se diversificó al hidrocarburo en general, y ahora incursiona en la construcción. A este ritmo, el emprendimiento clandestino más innovador del país no está en ningún parque tecnológico: está en un predio con una pipa, un tanque frac y muchas ganas de facturar sin factura.
Hay que reconocerle a las autoridades el trabajo: decomisos van, cateos vienen, y el desfile de tractocamiones asegurados ya parece agencia automotriz. El problema es que cada golpe exitoso deja la misma pregunta incómoda: ¿cuántos predios, cuántas pipas y cuántos tambos siguen operando sin que nadie los denuncie hasta que se incendian? Porque conviene recordar que el hallazgo de Pesquería salió a la luz gracias a un incendio previo. La detección más confiable del huachicol sigue siendo, tristemente, que primero se prenda.
En fin, Nuevo León y el país entero pueden presumir un mercado negro de amplísima gama: llénale el tanque, échale al camión, cuélale al edificio. Solo falta que salga la versión huachicol de la confianza ciudadana. Ah, no, esperen: esa ya se agotó hace rato.