Rostisería municipal: en Vallarta la carne llega cocida de fábrica
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Puerto Vallarta puede presumir una innovación culinaria que ni San Sebastián: el asado que se cocina solo, sin fogón, en el trayecto del Rastro Municipal a la carnicería. Durante la sesión de Cabildo, la regidora Melissa Madero expuso que los vehículos de reparto traen la refrigeración y los termómetros muertos, de modo que la carne viaja a temperaturas que rebasan los 40 grados. La frase que quedará para la posteridad: «prácticamente se va cocinando en la camioneta».
Uno imagina la escena: el producto entra crudo por una colonia y sale término medio en la siguiente. El consumidor cree que compró bistec para la comida y en realidad adquirió una especialidad premium de cocción lenta, marinada en sol, diésel y buena voluntad. Todo sin cargo extra, eso sí, con el riesgo sanitario incluido en el precio de lista.
Lo notable no es solo la falla, sino la sorpresa con que se descubre. Los trabajadores, según se dijo, mantienen limpio el recinto «con sus propias manos y sin insumos básicos», heroísmo de a diario que ninguna administración presume porque delataría que llevan mucho tiempo operando el destazadero como quien remienda una llanta con chicle. El pleno aprobó por emergencia comprar productos y reparar lo necesario, esa palabra mágica —emergencia— que en el municipio suele traducirse como «lo que sabíamos desde hace rato y decidimos no ver».
Ojalá la compra de emergencia incluya termómetros que sirvan y no nada más un moño para la foto. Porque mientras tanto, en Vallarta, la cadena de frío es más bien una cadena de buenos deseos: empieza con intenciones nobles y termina, como la carne, a temperatura ambiente. Buen provecho, y que la fe en las inspecciones sanitarias los acompañe.
Uno imagina la escena: el producto entra crudo por una colonia y sale término medio en la siguiente. El consumidor cree que compró bistec para la comida y en realidad adquirió una especialidad premium de cocción lenta, marinada en sol, diésel y buena voluntad. Todo sin cargo extra, eso sí, con el riesgo sanitario incluido en el precio de lista.
Lo notable no es solo la falla, sino la sorpresa con que se descubre. Los trabajadores, según se dijo, mantienen limpio el recinto «con sus propias manos y sin insumos básicos», heroísmo de a diario que ninguna administración presume porque delataría que llevan mucho tiempo operando el destazadero como quien remienda una llanta con chicle. El pleno aprobó por emergencia comprar productos y reparar lo necesario, esa palabra mágica —emergencia— que en el municipio suele traducirse como «lo que sabíamos desde hace rato y decidimos no ver».
Ojalá la compra de emergencia incluya termómetros que sirvan y no nada más un moño para la foto. Porque mientras tanto, en Vallarta, la cadena de frío es más bien una cadena de buenos deseos: empieza con intenciones nobles y termina, como la carne, a temperatura ambiente. Buen provecho, y que la fe en las inspecciones sanitarias los acompañe.