De la Panorámica a Asjabad: el profe de la UG que sí logró que lo dejaran entrar a Turkmenistán
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Mientras la mitad de Guanajuato pelea por que le sellen un comprobante de domicilio sin regresar tres veces a la ventanilla, un profesor del Departamento de Lenguas de la Universidad de Guanajuato consiguió algo que suena a leyenda urbana: entrar a Turkmenistán y, encima, a capacitar gente. Kenneth Richter se convirtió en el primer académico adscrito a una universidad mexicana invitado a formar a docentes en uno de los países más aislados de Asia Central. Aplausos, porque el mérito es doble: uno por la trayectoria y otro por la hazaña migratoria.
La invitación la hizo el Departamento de Estado de Estados Unidos, con el que Richter ya había colaborado antes como becario en Argentina y especialista en idiomas en Singapur. O sea que hablamos de un guanajuatense con más kilómetros de vuelo internacional que muchos funcionarios que no encuentran la salida de su propia dependencia. Durante su estancia hizo labores de capacitación y fungió como embajador cultural, que es la forma elegante de decir que fue a representarnos a un rincón del planeta donde la palabra 'Guanajuato' probablemente sonó por primera vez.
Y aquí uno no puede evitar la ternura patriótica combinada con la envidia sana. Tenemos talento de exportación, gente capaz de pararse frente a docentes del otro lado del mundo y enseñarles su oficio; el problema es que ese mismo talento, cuando regresa a casa, se topa con banquetas rotas, carreteras con baches que ya tienen nombre de pila y trámites diseñados por alguien que odia profundamente al prójimo. Propuesta modesta, entonces: que al doctor Richter, ya que domina la diplomacia en territorios hostiles, lo manden de embajador cultural a la próxima sesión del ayuntamiento. Si logró que Turkmenistán le abriera la puerta, a lo mejor consigue que aquí nos arreglen la cuneta. Orgullo guanajuatense, del que viaja lejísimos y regresa a lo mismo.
La invitación la hizo el Departamento de Estado de Estados Unidos, con el que Richter ya había colaborado antes como becario en Argentina y especialista en idiomas en Singapur. O sea que hablamos de un guanajuatense con más kilómetros de vuelo internacional que muchos funcionarios que no encuentran la salida de su propia dependencia. Durante su estancia hizo labores de capacitación y fungió como embajador cultural, que es la forma elegante de decir que fue a representarnos a un rincón del planeta donde la palabra 'Guanajuato' probablemente sonó por primera vez.
Y aquí uno no puede evitar la ternura patriótica combinada con la envidia sana. Tenemos talento de exportación, gente capaz de pararse frente a docentes del otro lado del mundo y enseñarles su oficio; el problema es que ese mismo talento, cuando regresa a casa, se topa con banquetas rotas, carreteras con baches que ya tienen nombre de pila y trámites diseñados por alguien que odia profundamente al prójimo. Propuesta modesta, entonces: que al doctor Richter, ya que domina la diplomacia en territorios hostiles, lo manden de embajador cultural a la próxima sesión del ayuntamiento. Si logró que Turkmenistán le abriera la puerta, a lo mejor consigue que aquí nos arreglen la cuneta. Orgullo guanajuatense, del que viaja lejísimos y regresa a lo mismo.