Sin visa pero con estampilla: la carta que viajó de Teapa a la Casa Blanca
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Perder una visa es un trámite administrativo aburrido; convertirlo en carta abierta con comparación histórica incluida es, sin duda, una decisión de autor. El hijo del expresidente anunció que el Departamento de Estado le revocó el permiso para ingresar a Estados Unidos y respondió con una misiva dirigida a Donald Trump en la que calificó la medida de "política, más bien politiquera y propagandística, al estilo hitleriano". Del formulario consular al Tercer Reich hay un salto retórico que no cualquiera se atreve a dar en un mismo párrafo.
La carta tiene reparto de villanos. Señala al secretario de Estado y a un subsecretario al que apoda "el autodenominado quita visa", como si en lugar de funcionarios se tratara de luchadores rudos con máscara y todo. Uno casi espera el careo en la arena. El autor aclara, además, que no existe ninguna prueba de acto inmoral o delictivo en su contra y que siempre ha guiado su vida con principios; loable, aunque nadie lo había acusado de otra cosa que de no poder abordar un vuelo.
El detalle geográfico es el que redondea la escena: la misiva se firmó desde Teapa, Tabasco. Es decir, la protesta por no poder entrar a un país se emitió desde la comodidad del propio, con clima tropical y sin filas migratorias. Hay algo profundamente tranquilizador en reclamar el acceso a Estados Unidos mientras uno está perfectamente instalado en el sureste mexicano.
Más allá del duelo epistolar, la revocación de visas se ha vuelto herramienta diplomática de moda, y cada tanto cae sobre una figura pública que la transforma en tribuna. El resultado práctico es el mismo: un sello menos en el pasaporte y varios titulares más. Como estrategia de comunicación, funciona; como recuperación de la visa, digamos que las cartas con adjetivos rara vez ablandan a un Departamento de Estado. Pero para el género de la indignación mexicana, la pieza es un clásico instantáneo: dramática, firmada con nombre y, sobre todo, enviada desde un lugar donde nadie necesita permiso para entrar.
La carta tiene reparto de villanos. Señala al secretario de Estado y a un subsecretario al que apoda "el autodenominado quita visa", como si en lugar de funcionarios se tratara de luchadores rudos con máscara y todo. Uno casi espera el careo en la arena. El autor aclara, además, que no existe ninguna prueba de acto inmoral o delictivo en su contra y que siempre ha guiado su vida con principios; loable, aunque nadie lo había acusado de otra cosa que de no poder abordar un vuelo.
El detalle geográfico es el que redondea la escena: la misiva se firmó desde Teapa, Tabasco. Es decir, la protesta por no poder entrar a un país se emitió desde la comodidad del propio, con clima tropical y sin filas migratorias. Hay algo profundamente tranquilizador en reclamar el acceso a Estados Unidos mientras uno está perfectamente instalado en el sureste mexicano.
Más allá del duelo epistolar, la revocación de visas se ha vuelto herramienta diplomática de moda, y cada tanto cae sobre una figura pública que la transforma en tribuna. El resultado práctico es el mismo: un sello menos en el pasaporte y varios titulares más. Como estrategia de comunicación, funciona; como recuperación de la visa, digamos que las cartas con adjetivos rara vez ablandan a un Departamento de Estado. Pero para el género de la indignación mexicana, la pieza es un clásico instantáneo: dramática, firmada con nombre y, sobre todo, enviada desde un lugar donde nadie necesita permiso para entrar.