Cinco meseros para la austeridad
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La austeridad republicana ha tenido muchos capítulos memorables, pero pocos tan elocuentes como este: la Consejería Jurídica del Ejecutivo Federal adjudicó un contrato de más de 183 mil pesos para una reunión de trabajo. ¿El menú de esa cifra? Café, té, galletas, agua embotellada, vajilla, mobiliario, logística y cinco meseros de carne y hueso. No cinco invitados. Cinco meseros. Para una reunión de titulares jurídicos que, uno supondría, saben servirse solitos su propio vasito de agua.
Hagamos la cuenta del changarro, que es lo que le gusta a esta administración. Ciento ochenta y tres mil pesos por unas horas de encuentro con bocadillos. A ese precio, cada galleta debió venir con seguro de gastos médicos mayores, y el café, molido a mano por un barista con posgrado. Uno entiende que las reuniones de gobierno requieren cierta dignidad, pero cuando la vajilla y los meseros cuestan más que el sueldo mensual de varias familias, la palabra 'sobriedad' empieza a sonar a broma privada.
Lo delicioso —nunca mejor dicho— es el contraste. Esta es la misma corriente que hizo de la modestia su bandera, la que prometió que el gobierno viviría 'en la justa medianía'. Resulta que la justa medianía trae servicio de charola. Y no crean que la cosa termina en las galletas: la titular de esa misma dependencia protagonizó otro episodio de la semana al ser señalada de haber presentado una supuesta 'lista negra' de periodistas y políticos amplificados por bots. Ella lo negó con firmeza: dijo que no hay lista negra, sino 'un análisis de un ecosistema digital'.
Admirable dominio del eufemismo. En el mismo despacho donde el café cuesta como un enganche de departamento, las listas no son listas y los meseros son 'logística'. Uno casi los aplaude por consistencia: si vas a estirar el presupuesto, estira también el diccionario. Al final, la reunión salió carísima, pero por lo menos el agua estaba fresca, embotellada y, seguramente, con menos fugas que la red hidráulica de la ciudad. Que ya es decir.
Hagamos la cuenta del changarro, que es lo que le gusta a esta administración. Ciento ochenta y tres mil pesos por unas horas de encuentro con bocadillos. A ese precio, cada galleta debió venir con seguro de gastos médicos mayores, y el café, molido a mano por un barista con posgrado. Uno entiende que las reuniones de gobierno requieren cierta dignidad, pero cuando la vajilla y los meseros cuestan más que el sueldo mensual de varias familias, la palabra 'sobriedad' empieza a sonar a broma privada.
Lo delicioso —nunca mejor dicho— es el contraste. Esta es la misma corriente que hizo de la modestia su bandera, la que prometió que el gobierno viviría 'en la justa medianía'. Resulta que la justa medianía trae servicio de charola. Y no crean que la cosa termina en las galletas: la titular de esa misma dependencia protagonizó otro episodio de la semana al ser señalada de haber presentado una supuesta 'lista negra' de periodistas y políticos amplificados por bots. Ella lo negó con firmeza: dijo que no hay lista negra, sino 'un análisis de un ecosistema digital'.
Admirable dominio del eufemismo. En el mismo despacho donde el café cuesta como un enganche de departamento, las listas no son listas y los meseros son 'logística'. Uno casi los aplaude por consistencia: si vas a estirar el presupuesto, estira también el diccionario. Al final, la reunión salió carísima, pero por lo menos el agua estaba fresca, embotellada y, seguramente, con menos fugas que la red hidráulica de la ciudad. Que ya es decir.