El acueducto que trajimos para regar el asfalto
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Hay obras de ingeniería que dejan a uno sin palabras, y luego está el sistema hidráulico de la Ciudad de México, que lo deja a uno sin palabras y también sin agua. Según advirtió una académica de la UNAM, la capital pierde alrededor del 50% del agua por fugas, tanto en la red pública como en las tomas domésticas. La cifra, dice, es alarmante. Yo diría que además es un poema.
El verso central es este: el 40% del agua que consume la ciudad viene de fuera, del Sistema Cutzamala, es decir, de siete presas ubicadas en el Estado de México y Michoacán. Y —agárrense— esa misma cantidad, ese 40%, es la que se pierde por las fugas. Traducido: hacemos venir el agua desde presas de otros estados, la bombeamos cuesta arriba con un gasto energético monumental, y una vez que llega, la dejamos escurrir por las grietas para regar amorosamente el subsuelo del asfalto. Es como llenar la tina con la llave abierta y el tapón afuera, pero a escala metropolitana y con recibo.
Como bono, la sobreexplotación del acuífero nos regala socavones, esos hoyos sorpresa que se abren en plena calle para recordarnos que abajo la ciudad se está quedando hueca. Bebemos de un subsuelo que, agradecido, se nos hunde.
Pero no todo es tragedia: entró en operación el túnel de Churubusco, una obra hidráulica capaz de desalojar hasta 16 mil litros de agua por segundo. Aquí conviene detenerse a admirar la coherencia del sistema. Somos incapaces de retener el agua que traemos de lejísimos, pero somos velocísimos para sacar la que nos sobra cuando llueve. Perdemos la mitad por fugas y, al mismo tiempo, presumimos capacidad récord de bombeo. Es una relación de pareja tóxica con el H2O: no sabemos guardarla, pero la corremos a toda prisa.
Y para redondear el chiste cósmico, la tarde de hoy vienen lluvias fuertes con posible granizo entre las dos y las diez de la noche. Es decir, va a caer del cielo, gratis, justo lo que compramos carísimo y dejamos escapar. Alguien allá arriba tiene un sentido del humor muy fino. Cierren la llave, por si las dudas.
El verso central es este: el 40% del agua que consume la ciudad viene de fuera, del Sistema Cutzamala, es decir, de siete presas ubicadas en el Estado de México y Michoacán. Y —agárrense— esa misma cantidad, ese 40%, es la que se pierde por las fugas. Traducido: hacemos venir el agua desde presas de otros estados, la bombeamos cuesta arriba con un gasto energético monumental, y una vez que llega, la dejamos escurrir por las grietas para regar amorosamente el subsuelo del asfalto. Es como llenar la tina con la llave abierta y el tapón afuera, pero a escala metropolitana y con recibo.
Como bono, la sobreexplotación del acuífero nos regala socavones, esos hoyos sorpresa que se abren en plena calle para recordarnos que abajo la ciudad se está quedando hueca. Bebemos de un subsuelo que, agradecido, se nos hunde.
Pero no todo es tragedia: entró en operación el túnel de Churubusco, una obra hidráulica capaz de desalojar hasta 16 mil litros de agua por segundo. Aquí conviene detenerse a admirar la coherencia del sistema. Somos incapaces de retener el agua que traemos de lejísimos, pero somos velocísimos para sacar la que nos sobra cuando llueve. Perdemos la mitad por fugas y, al mismo tiempo, presumimos capacidad récord de bombeo. Es una relación de pareja tóxica con el H2O: no sabemos guardarla, pero la corremos a toda prisa.
Y para redondear el chiste cósmico, la tarde de hoy vienen lluvias fuertes con posible granizo entre las dos y las diez de la noche. Es decir, va a caer del cielo, gratis, justo lo que compramos carísimo y dejamos escapar. Alguien allá arriba tiene un sentido del humor muy fino. Cierren la llave, por si las dudas.