El pan de muerto resucitó en agosto y ya está bronceado
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Hay noticias que uno lee dos veces para revisar que no se saltó tres meses de calendario. Un recorrido por supermercados del área metropolitana confirmó que las tiendas de autoservicio de Monterrey, San Pedro y Santa Catarina ya sacaron a la venta pan de muerto, decoración de Halloween y adornos navideños. Estamos a mediados de agosto. La celebración más próxima es el Grito de Independencia. Y sin embargo, entre los pasillos, Santa Claus ya se estira los músculos y las calabazas de Día de Muertos toman posiciones como si octubre fuera mañana.
El detalle que corona la escena: en algunos establecimientos, los productos de las fiestas patrias, que son las que de verdad tocan primero, ocupan menos espacio que los artículos de octubre, noviembre y diciembre. O sea que el tricolor va perdiendo terreno frente al naranja de Halloween y el rojo navideño en su propia temporada. Un banderín patrio arrinconado entre esferas y telarañas de plástico. La logística comercial no conoce de calendarios cívicos ni de decoro estacional: conoce de metros cuadrados y de meterle prisa al consumidor.
Y luego está el pan, ese pobre pan de muerto que salió a vender su alma antes de tiempo. Con el clima regio de agosto, donde el asfalto hierve y el sol no perdona, ese pan tiene una esperanza de vida más corta que la paciencia en Gonzalitos. Comprado hoy, para el 2 de noviembre ya será una reliquia arqueológica, un fósil espolvoreado de azúcar. El comprador que caiga en la tentación se lleva a casa un producto de temporada... para una temporada que empieza en diez semanas.
Hay algo tiernamente absurdo en un ciudadano que entra a la tienda a comprar los útiles escolares para el regreso a clases y sale, sin saber cómo, con una calabaza decorativa, tres esferas y una hogaza fúnebre bajo el brazo. Es el triunfo perfecto del pasillo bien acomodado: adelantar la Navidad tanto que ya casi alcanza a la del año pasado. En Nuevo León, resulta, hasta el pan de muerto madruga.
El detalle que corona la escena: en algunos establecimientos, los productos de las fiestas patrias, que son las que de verdad tocan primero, ocupan menos espacio que los artículos de octubre, noviembre y diciembre. O sea que el tricolor va perdiendo terreno frente al naranja de Halloween y el rojo navideño en su propia temporada. Un banderín patrio arrinconado entre esferas y telarañas de plástico. La logística comercial no conoce de calendarios cívicos ni de decoro estacional: conoce de metros cuadrados y de meterle prisa al consumidor.
Y luego está el pan, ese pobre pan de muerto que salió a vender su alma antes de tiempo. Con el clima regio de agosto, donde el asfalto hierve y el sol no perdona, ese pan tiene una esperanza de vida más corta que la paciencia en Gonzalitos. Comprado hoy, para el 2 de noviembre ya será una reliquia arqueológica, un fósil espolvoreado de azúcar. El comprador que caiga en la tentación se lleva a casa un producto de temporada... para una temporada que empieza en diez semanas.
Hay algo tiernamente absurdo en un ciudadano que entra a la tienda a comprar los útiles escolares para el regreso a clases y sale, sin saber cómo, con una calabaza decorativa, tres esferas y una hogaza fúnebre bajo el brazo. Es el triunfo perfecto del pasillo bien acomodado: adelantar la Navidad tanto que ya casi alcanza a la del año pasado. En Nuevo León, resulta, hasta el pan de muerto madruga.