A Andy López Beltrán le cancelaron la visa y, casualmente, salió el manual
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Andrés Manuel López Beltrán, secretario de Organización de Morena, informó que Estados Unidos le retiró la visa para ingresar a ese país y calificó la medida como "una canallada". Según su versión, la revocación no tiene fundamento y forma parte de una campaña para desacreditarlo políticamente y alimentar una narrativa en su contra. Punto. Hasta ahí, un funcionario que se dice víctima de una decisión injusta y política. Nada nuevo bajo el sol de la vida pública.
El problema es la puntualidad cósmica del universo. Casi al mismo tiempo, el Departamento de Estado de Estados Unidos recordó, sin mencionar a nadie en particular, que ha revocado más de 175 mil visas desde que Donald Trump volvió a la Casa Blanca. Y por si alguien tenía dudas metodológicas, publicó también el listado de causas por las que uno puede perder el documento: cometer delitos, infringir leyes migratorias, incurrir en fraudes, manejar bajo los efectos del alcohol o quedarse más tiempo del autorizado. Un catálogo. Un menú. Una guía de estudio para el examen que nadie quería presentar.
Uno no está insinuando nada, faltaba más. Simplemente observa que hay coincidencias que parecen coreografía. Es como si a uno le quitaran un premio y, en la misma ceremonia, leyeran en voz alta el reglamento de descalificaciones mirando fijamente al techo. Cada quien saca sus conclusiones, que para eso somos un país libre y, según la presidenta, el más amigable del mundo.
Lo cierto es que la política mexicana tiene un talento único para convertir cualquier trámite consular en un acto de persecución épica. Una visa es, para el común de los mortales, un sticker en el pasaporte que te permite ir a Disney o a comprar tenis a San Antonio. Para la clase política, en cambio, es un símbolo, un mensaje cifrado, una jugada geopolítica en su contra. Nadie pierde una visa por descuido: la pierde por ser demasiado importante, demasiado incómodo, demasiado temido por poderes oscuros.
Mientras la narrativa se acomoda de un lado y del otro, el resto de los mortales seguimos formados en la fila del consulado, sin campaña de desprestigio que nos respalde, rezando por no reprobar la entrevista. A ellos les quitan la visa y es una canallada internacional; a nosotros nos la niegan y es martes. Así de democrática es la indignación.
El problema es la puntualidad cósmica del universo. Casi al mismo tiempo, el Departamento de Estado de Estados Unidos recordó, sin mencionar a nadie en particular, que ha revocado más de 175 mil visas desde que Donald Trump volvió a la Casa Blanca. Y por si alguien tenía dudas metodológicas, publicó también el listado de causas por las que uno puede perder el documento: cometer delitos, infringir leyes migratorias, incurrir en fraudes, manejar bajo los efectos del alcohol o quedarse más tiempo del autorizado. Un catálogo. Un menú. Una guía de estudio para el examen que nadie quería presentar.
Uno no está insinuando nada, faltaba más. Simplemente observa que hay coincidencias que parecen coreografía. Es como si a uno le quitaran un premio y, en la misma ceremonia, leyeran en voz alta el reglamento de descalificaciones mirando fijamente al techo. Cada quien saca sus conclusiones, que para eso somos un país libre y, según la presidenta, el más amigable del mundo.
Lo cierto es que la política mexicana tiene un talento único para convertir cualquier trámite consular en un acto de persecución épica. Una visa es, para el común de los mortales, un sticker en el pasaporte que te permite ir a Disney o a comprar tenis a San Antonio. Para la clase política, en cambio, es un símbolo, un mensaje cifrado, una jugada geopolítica en su contra. Nadie pierde una visa por descuido: la pierde por ser demasiado importante, demasiado incómodo, demasiado temido por poderes oscuros.
Mientras la narrativa se acomoda de un lado y del otro, el resto de los mortales seguimos formados en la fila del consulado, sin campaña de desprestigio que nos respalde, rezando por no reprobar la entrevista. A ellos les quitan la visa y es una canallada internacional; a nosotros nos la niegan y es martes. Así de democrática es la indignación.