Teleférico de Parral: la reliquia austriaca que no acaba de arrancar y ya va por su segunda vida
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Pocas cosas son tan parralenses como una promesa colgada. Y ahora, literalmente, la Secretaría de Turismo analiza rescatar la infraestructura del teleférico —traída nada menos que de Austria— para desmontarla y 'reubicarla' en otro punto urbano de la ciudad. Es decir: un teleférico que no terminó de convencer donde estaba tendrá una segunda oportunidad en otra esquina, con la fe intacta de que esta vez sí. El optimismo del funcionario público no conoce fronteras ni leyes de la física.
Hagamos memoria del viaje de estos fierros. Alguien, en algún despacho, decidió que Parral —tierra de minas, de historia y de calles que suben y bajan como montaña rusa de cemento— necesitaba una góndola importada del corazón de los Alpes. Cruzaron el Atlántico cabinas, cables y poleas pensadas para admirar castillos y pinos nevados, para terminar contemplando el desierto chihuahuense y la incógnita permanente de cuándo, exactamente, se subiría el primer pasajero. Los Alpes lloran; el erario también, pero más discreto.
Ahora la solución propuesta es de una elegancia burocrática admirable: si el teleférico no funciona en su sitio, el problema no es el teleférico, es el sitio. Lo movemos, lo rearmamos, le cortamos el listón otra vez y volvemos a tomarnos la foto. Es el equivalente turístico de recalentar los frijoles de ayer y presentarlos como platillo del día. Y quién sabe, a lo mejor sí: a lo mejor en su nueva ubicación el aparato austriaco por fin cumple su destino de mover gente por los aires en vez de mover expedientes por los escritorios.
Mientras tanto, Parral sigue haciendo lo que mejor sabe: turismo de verdad, del que no necesita cable de acero importado. La velada de boleros en el Palacio Alvarado, la Ciudad del Niño con su avión y sus personajes históricos, las caravanas de casas rodantes que llegan desde California elogiando la sierra. El turismo florece a ras de suelo, con los pies en la tierra, mientras allá arriba el teleférico espera su reubicación como quien espera el camión que nunca pasa. Segunda oportunidad, dicen. Ojalá que esta vez el viaje incluya, aunque sea, subir.
Hagamos memoria del viaje de estos fierros. Alguien, en algún despacho, decidió que Parral —tierra de minas, de historia y de calles que suben y bajan como montaña rusa de cemento— necesitaba una góndola importada del corazón de los Alpes. Cruzaron el Atlántico cabinas, cables y poleas pensadas para admirar castillos y pinos nevados, para terminar contemplando el desierto chihuahuense y la incógnita permanente de cuándo, exactamente, se subiría el primer pasajero. Los Alpes lloran; el erario también, pero más discreto.
Ahora la solución propuesta es de una elegancia burocrática admirable: si el teleférico no funciona en su sitio, el problema no es el teleférico, es el sitio. Lo movemos, lo rearmamos, le cortamos el listón otra vez y volvemos a tomarnos la foto. Es el equivalente turístico de recalentar los frijoles de ayer y presentarlos como platillo del día. Y quién sabe, a lo mejor sí: a lo mejor en su nueva ubicación el aparato austriaco por fin cumple su destino de mover gente por los aires en vez de mover expedientes por los escritorios.
Mientras tanto, Parral sigue haciendo lo que mejor sabe: turismo de verdad, del que no necesita cable de acero importado. La velada de boleros en el Palacio Alvarado, la Ciudad del Niño con su avión y sus personajes históricos, las caravanas de casas rodantes que llegan desde California elogiando la sierra. El turismo florece a ras de suelo, con los pies en la tierra, mientras allá arriba el teleférico espera su reubicación como quien espera el camión que nunca pasa. Segunda oportunidad, dicen. Ojalá que esta vez el viaje incluya, aunque sea, subir.