Cocodrilos de Vallarta: primero los invitan a la ciudad y luego les hacen programa de convivencia
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Puerto Vallarta acaba de aprobar un programa municipal para la 'convivencia entre animales silvestres y personas', con su propia unidad especializada adscrita a la ZOFEMAT. Suena a curso de terapia de pareja, pero es en serio: la ciudad quiere aprender a coexistir con sus cocodrilos, esos vecinos discretos que llevaban ahí desde antes de que existiera el primer condominio con vista al mar.
El detalle incómodo es el saldo previo a tanta buena intención. En las últimas semanas aparecieron once cocodrilos sin vida —diez adultos y uno más pequeño— y la población de ejemplares adultos se redujo a unos treinta. O sea que el programa de convivencia arranca justo cuando ya hay bastante menos con quién convivir. Es como abrir la escuela de natación después de vaciar la alberca.
Los avistamientos en la ciudad han sido denunciados una y otra vez por los ciudadanos, y no es para menos: uno sale por el mandado y se encuentra un reptil prehistórico tomando el fresco. La iniciativa busca equilibrar la conservación de la biodiversidad con la seguridad de la población, un balance noble que exige algo más que un acuerdo de cabildo y una unidad recién estrenada.
Porque la verdad incómoda es esta: el cocodrilo no invadió la ciudad; la ciudad se expandió sobre su casa. El manglar no puso una barda irregular ni construyó cerca del arroyo. Así que antes de repartir culpas escamosas, convendría recordar quién llegó primero. Bienvenido el programa. Ojalá llegue a tiempo para los treinta que quedan, y no solo para las estadísticas de los once que ya no están.
El detalle incómodo es el saldo previo a tanta buena intención. En las últimas semanas aparecieron once cocodrilos sin vida —diez adultos y uno más pequeño— y la población de ejemplares adultos se redujo a unos treinta. O sea que el programa de convivencia arranca justo cuando ya hay bastante menos con quién convivir. Es como abrir la escuela de natación después de vaciar la alberca.
Los avistamientos en la ciudad han sido denunciados una y otra vez por los ciudadanos, y no es para menos: uno sale por el mandado y se encuentra un reptil prehistórico tomando el fresco. La iniciativa busca equilibrar la conservación de la biodiversidad con la seguridad de la población, un balance noble que exige algo más que un acuerdo de cabildo y una unidad recién estrenada.
Porque la verdad incómoda es esta: el cocodrilo no invadió la ciudad; la ciudad se expandió sobre su casa. El manglar no puso una barda irregular ni construyó cerca del arroyo. Así que antes de repartir culpas escamosas, convendría recordar quién llegó primero. Bienvenido el programa. Ojalá llegue a tiempo para los treinta que quedan, y no solo para las estadísticas de los once que ya no están.