León contra la oscuridad: la CFE promete luz y Salamanca pierde el semáforo
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En León pasó lo que tenía que pasar: los apagones se hicieron tan cotidianos que ya deberían tener nombre propio y santo patrono. Tras los reclamos de los empresarios —que descubrieron, con horror, que una fábrica no camina a punta de buenos deseos—, la CFE anunció trabajos de renovación de infraestructura eléctrica en zonas como el Centro Histórico y presentó a la iniciativa privada todo un panorama de inversión. Es decir: primero se fue la luz muchas veces, luego se quejaron los que pagan nómina, y entonces, oh milagro, aparecieron los planes. El orden de los factores, aquí, siempre altera el producto.
Uno agradece el anuncio, faltaba más. Pero permítanme la mala costumbre de recordar que la infraestructura eléctrica no es una sorpresa que llegó ayer en camioneta. Los cables envejecen a la vista de todos, los transformadores truenan con puntualidad de reloj suizo, y aun así el mantenimiento suele llegar en modalidad de rescate heroico y no de prevención aburrida. Renovar el Centro Histórico está bien; ojalá el resto de la ciudad no tenga que quedarse a oscuras el tiempo suficiente para calificar como 'zona prioritaria'.
Y mientras León negocia su reconciliación con los electrones, en Salamanca el asunto pasó de la anécdota al caos. Las fallas en el suministro eléctrico, según el director de Movilidad, dañaron componentes principales de los controladores de semáforos —nada menos que la tarjeta CPU y el GPS—, dejando cruceros apagados y automovilistas convertidos en filósofos del volante, cada quien interpretando a su modo quién tiene el paso. El semáforo, ese árbitro imparcial, se fue de vacaciones sin avisar, y el resultado es una democracia vial donde gana el más aventado.
Lo bonito del combo es la simetría bajío: en una ciudad prometen la luz, en la otra la luz ya se llevó por delante hasta el aparato que ordenaba el tránsito. Y en ambas, la constante es la misma: el ciudadano se entera de que algo estaba mal justo cuando deja de funcionar. La factura, en cambio, nunca se apaga; esa llega con GPS, CPU y hasta con recargo si te descuidas.
Así que, paisano leonés y salmantino, tome sus precauciones: cargue el celular mientras haya con qué, tenga a la mano una veladora de las guadalupanas por si acaso, y al llegar a un crucero sin semáforo, sea cortés. En Guanajuato, mientras vuelve la modernidad prometida, seguimos avanzando a la vieja usanza: a puro tantito y con la fe intacta.
Uno agradece el anuncio, faltaba más. Pero permítanme la mala costumbre de recordar que la infraestructura eléctrica no es una sorpresa que llegó ayer en camioneta. Los cables envejecen a la vista de todos, los transformadores truenan con puntualidad de reloj suizo, y aun así el mantenimiento suele llegar en modalidad de rescate heroico y no de prevención aburrida. Renovar el Centro Histórico está bien; ojalá el resto de la ciudad no tenga que quedarse a oscuras el tiempo suficiente para calificar como 'zona prioritaria'.
Y mientras León negocia su reconciliación con los electrones, en Salamanca el asunto pasó de la anécdota al caos. Las fallas en el suministro eléctrico, según el director de Movilidad, dañaron componentes principales de los controladores de semáforos —nada menos que la tarjeta CPU y el GPS—, dejando cruceros apagados y automovilistas convertidos en filósofos del volante, cada quien interpretando a su modo quién tiene el paso. El semáforo, ese árbitro imparcial, se fue de vacaciones sin avisar, y el resultado es una democracia vial donde gana el más aventado.
Lo bonito del combo es la simetría bajío: en una ciudad prometen la luz, en la otra la luz ya se llevó por delante hasta el aparato que ordenaba el tránsito. Y en ambas, la constante es la misma: el ciudadano se entera de que algo estaba mal justo cuando deja de funcionar. La factura, en cambio, nunca se apaga; esa llega con GPS, CPU y hasta con recargo si te descuidas.
Así que, paisano leonés y salmantino, tome sus precauciones: cargue el celular mientras haya con qué, tenga a la mano una veladora de las guadalupanas por si acaso, y al llegar a un crucero sin semáforo, sea cortés. En Guanajuato, mientras vuelve la modernidad prometida, seguimos avanzando a la vieja usanza: a puro tantito y con la fe intacta.