Guadalajara, sede mundial: con socavón de bienvenida y árbol prometido a domicilio
Escuchar esta nota
0:00 / 0:00
Tamaño de letra
Hay ciudades que reciben al mundo con alfombra roja. Guadalajara, más coqueta, lo recibe con lluvia de gran intensidad, un socavón de ocho metros de profundidad como atracción turística sorpresa y un cartel invisible que dice: bienvenidos, pónganse cómodos, pero traigan paraguas y botas.
Empecemos por la herida abierta de la semana: el socavón de López Mateos, ese cráter que el domingo se tragó la lateral entre Andrómeda y Pléyades —nombres de constelaciones, muy apropiados, porque ahí abajo cabía media galaxia—. Seis días de trabajos, 120 metros de tubería sustituida y, oh sorpresa, la empresa responsable absorbió la totalidad del costo. Reabren este sábado. Traduzco del idioma oficial: arreglaron a tiempo para que los visitantes del Mundial no se enteren de que la avenida estuvo abierta como sandía. La eficiencia tapatía existe, solo necesita un torneo internacional y cámaras de la FIFA apuntando para activarse.
Mientras tanto, el Ayuntamiento anunció con bombo que plantará 20 mil árboles en 2026, reconociendo —y esto sí es honesto, hay que aplaudirlo— que la ciudad arrastra un déficit de árboles que genera islas de calor. Es decir: durante años talamos, pavimentamos y construimos plazas comerciales con nombres en inglés, y ahora descubrimos, asombrados, que sin árboles hace calor. Newton temblaría. La alcaldesa explicó que los árboles también ayudan a infiltrar agua. Curioso: agua que se infiltra por un lado mientras por el otro se nos abre un socavón por las tuberías. Guadalajara, la única ciudad que pierde y recupera agua en la misma cuadra.
De agua hablando, en Puerto Vallarta SEAPAL anunció un megacorte que dejará sin servicio a 136 colonias por más de 24 horas, casi el 40% de la ciudad, por obras de la nueva autopista. O sea: para que llegues más rápido a Vallarta, primero te quedas sin bañarte en Vallarta. Es la paradoja del progreso costero: infraestructura de primer mundo, regaderas de telenovela de los noventa con cubeta y jarra.
Y ya que andamos en la perla del Pacífico, el relleno sanitario El Gavilán lleva tres semanas con la basura literalmente ardiendo, emanando humo desde un montículo en combustión, mientras los lixiviados se filtran por zonas sin membrana de protección. Está parcialmente clausurado, lo cual no impide que los camiones sigan descargando en otras áreas, porque la basura, como los problemas, no se clausura: se reubica. Es la metáfora ambiental perfecta del sexenio: si no lo ves, no existe; si huele, abre la ventana.
Volvamos a Guadalajara, donde la Policía Vial reportó que en apenas dos días cayeron 73 conductores en El Torito por superar los niveles de alcohol, más 27 infracciones del operativo Salvando Vidas. Setenta y tres. En dos días. En plena fiesta mundialista. Uno entiende el entusiasmo: México le ganó a Corea del Sur, la Tala Rangel hizo la atajada del milenio, y algunos aficionados decidieron celebrar como si el carro manejara solo. Spoiler: no maneja solo. Todavía.
En el capítulo de la celebración, la CDMX nos dio la postal del país que somos: el festejo por el triunfo del Tri dejó 40 toneladas de basura en las calles, y se necesitaron 300 trabajadores, 23 vehículos y una pipa de 10 mil litros para limpiar el orgullo nacional. Ganamos un partido y perdimos contra el bote de basura. Bicampeones del desorden.
No todo es infraestructura: en Puerto Vallarta la designación de la nueva secretaria del Ayuntamiento se enredó porque su cédula profesional, según el reportaje, fue expedida apenas semanas antes de asumir el cargo, pese a una titulación fechada en 2024. Nada ilegal por sí mismo, ojo, pero el timing es de esos que merecen su propia categoría en los Óscar: mejor trámite express en un papel secundario.
Y para coronar la jornada, el gusano barrenador sigue avanzando: 585 casos en Jalisco, e incluso llegó al zoológico de León, donde infestó a un yak y a un ciervo canadiense. Si hasta el yak —que vive a 4 mil metros en el Himalaya— acabó en Guanajuato con plaga, uno concluye que en este país nadie está a salvo, ni los animales que vinieron de vacaciones.
Guadalajara recibe al mundo, sí. Con lluvia, con árbol prometido, con socavón remendado y con alcoholímetro a todo lo que da. Que no digan que no somos hospitalarios: hasta el caos viene en paquete todo incluido.
Empecemos por la herida abierta de la semana: el socavón de López Mateos, ese cráter que el domingo se tragó la lateral entre Andrómeda y Pléyades —nombres de constelaciones, muy apropiados, porque ahí abajo cabía media galaxia—. Seis días de trabajos, 120 metros de tubería sustituida y, oh sorpresa, la empresa responsable absorbió la totalidad del costo. Reabren este sábado. Traduzco del idioma oficial: arreglaron a tiempo para que los visitantes del Mundial no se enteren de que la avenida estuvo abierta como sandía. La eficiencia tapatía existe, solo necesita un torneo internacional y cámaras de la FIFA apuntando para activarse.
Mientras tanto, el Ayuntamiento anunció con bombo que plantará 20 mil árboles en 2026, reconociendo —y esto sí es honesto, hay que aplaudirlo— que la ciudad arrastra un déficit de árboles que genera islas de calor. Es decir: durante años talamos, pavimentamos y construimos plazas comerciales con nombres en inglés, y ahora descubrimos, asombrados, que sin árboles hace calor. Newton temblaría. La alcaldesa explicó que los árboles también ayudan a infiltrar agua. Curioso: agua que se infiltra por un lado mientras por el otro se nos abre un socavón por las tuberías. Guadalajara, la única ciudad que pierde y recupera agua en la misma cuadra.
De agua hablando, en Puerto Vallarta SEAPAL anunció un megacorte que dejará sin servicio a 136 colonias por más de 24 horas, casi el 40% de la ciudad, por obras de la nueva autopista. O sea: para que llegues más rápido a Vallarta, primero te quedas sin bañarte en Vallarta. Es la paradoja del progreso costero: infraestructura de primer mundo, regaderas de telenovela de los noventa con cubeta y jarra.
Y ya que andamos en la perla del Pacífico, el relleno sanitario El Gavilán lleva tres semanas con la basura literalmente ardiendo, emanando humo desde un montículo en combustión, mientras los lixiviados se filtran por zonas sin membrana de protección. Está parcialmente clausurado, lo cual no impide que los camiones sigan descargando en otras áreas, porque la basura, como los problemas, no se clausura: se reubica. Es la metáfora ambiental perfecta del sexenio: si no lo ves, no existe; si huele, abre la ventana.
Volvamos a Guadalajara, donde la Policía Vial reportó que en apenas dos días cayeron 73 conductores en El Torito por superar los niveles de alcohol, más 27 infracciones del operativo Salvando Vidas. Setenta y tres. En dos días. En plena fiesta mundialista. Uno entiende el entusiasmo: México le ganó a Corea del Sur, la Tala Rangel hizo la atajada del milenio, y algunos aficionados decidieron celebrar como si el carro manejara solo. Spoiler: no maneja solo. Todavía.
En el capítulo de la celebración, la CDMX nos dio la postal del país que somos: el festejo por el triunfo del Tri dejó 40 toneladas de basura en las calles, y se necesitaron 300 trabajadores, 23 vehículos y una pipa de 10 mil litros para limpiar el orgullo nacional. Ganamos un partido y perdimos contra el bote de basura. Bicampeones del desorden.
No todo es infraestructura: en Puerto Vallarta la designación de la nueva secretaria del Ayuntamiento se enredó porque su cédula profesional, según el reportaje, fue expedida apenas semanas antes de asumir el cargo, pese a una titulación fechada en 2024. Nada ilegal por sí mismo, ojo, pero el timing es de esos que merecen su propia categoría en los Óscar: mejor trámite express en un papel secundario.
Y para coronar la jornada, el gusano barrenador sigue avanzando: 585 casos en Jalisco, e incluso llegó al zoológico de León, donde infestó a un yak y a un ciervo canadiense. Si hasta el yak —que vive a 4 mil metros en el Himalaya— acabó en Guanajuato con plaga, uno concluye que en este país nadie está a salvo, ni los animales que vinieron de vacaciones.
Guadalajara recibe al mundo, sí. Con lluvia, con árbol prometido, con socavón remendado y con alcoholímetro a todo lo que da. Que no digan que no somos hospitalarios: hasta el caos viene en paquete todo incluido.