El Metro no se descarriló: fue la tierra la que se movió, mi amor
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Ocurrió en los talleres de Ticomán y, técnicamente, no pasó nada: un vagón de un tren del Metro se salió de la vía durante maniobras internas, sin pasajeros a bordo, sin lesionados y sin afectación al servicio. La nota, en su superficie, es tranquilizadora. El problema es la explicación, porque las autoridades soltaron una frase que merece marco y foco de museo.
El incidente, dijeron, se habría originado por una falla en un aparato de cambio de vía, posiblemente relacionada con una afectación geológica del terreno: un hundimiento que provocó que el tren saliera de su posición. Deténganse a saborearlo. El tren no falló. El maquinista no falló. Los rieles no fallaron. Falló el planeta. La corteza terrestre presentó su renuncia justo debajo del vagón y este, caballeroso, la acompañó a la salida.
Hay que reconocer la elegancia del argumento. En cualquier otra ciudad, un vagón fuera de la vía es un problema de mantenimiento. En la nuestra es un fenómeno de tectónica de placas, un evento casi cósmico, un recordatorio de que vivimos sobre el fantasma de un lago que secamos a la mala y que cada tanto nos cobra la factura hundiéndonos un pedacito. Culpar al subsuelo es genial porque el subsuelo no tiene sindicato, no da conferencias de prensa y no puede defenderse. Es el chivo expiatorio perfecto: silencioso, subterráneo y, sobre todo, incapaz de contestar.
Lo cierto es que el terreno de esta ciudad lleva décadas mandando telegramas: se hunde el Ángel, se ladean las iglesias, se abren grietas en las banquetas y los edificios coloniales juegan a la torre de Pisa. Todos lo sabemos. Y aun así, la reacción institucional cada vez que el suelo se manifiesta es la misma cara de sorpresa de quien descubre que el agua moja. "¿Un hundimiento? ¿Aquí? ¿En la ciudad más hundida del hemisferio?" No, cómo cree.
Que conste: aplaudimos que fuera en una zona confinada, sin gente, en pleno taller. Ese es exactamente el lugar donde uno quiere que sus trenes practiquen sus caídas. Mejor un vagón coqueteando con la gravedad entre maniobras internas que un convoy lleno a la hora pico. En eso, suerte tuvimos.
Pero la moraleja queda flotando sobre el fango: podemos comprar trenes nuevos, modernizar señales y pintar estaciones, que mientras la ciudad siga descendiendo unos centímetros al año como un elevador averiado, el mejor aparato de cambio de vía del mundo seguirá compitiendo contra un rival invencible. La geología no negocia, no se amilana con boletines y no entiende de presupuestos. Solo baja. Despacito, pero baja. Y nosotros, encima, seguimos poniendo rieles y cruzando los dedos.
El incidente, dijeron, se habría originado por una falla en un aparato de cambio de vía, posiblemente relacionada con una afectación geológica del terreno: un hundimiento que provocó que el tren saliera de su posición. Deténganse a saborearlo. El tren no falló. El maquinista no falló. Los rieles no fallaron. Falló el planeta. La corteza terrestre presentó su renuncia justo debajo del vagón y este, caballeroso, la acompañó a la salida.
Hay que reconocer la elegancia del argumento. En cualquier otra ciudad, un vagón fuera de la vía es un problema de mantenimiento. En la nuestra es un fenómeno de tectónica de placas, un evento casi cósmico, un recordatorio de que vivimos sobre el fantasma de un lago que secamos a la mala y que cada tanto nos cobra la factura hundiéndonos un pedacito. Culpar al subsuelo es genial porque el subsuelo no tiene sindicato, no da conferencias de prensa y no puede defenderse. Es el chivo expiatorio perfecto: silencioso, subterráneo y, sobre todo, incapaz de contestar.
Lo cierto es que el terreno de esta ciudad lleva décadas mandando telegramas: se hunde el Ángel, se ladean las iglesias, se abren grietas en las banquetas y los edificios coloniales juegan a la torre de Pisa. Todos lo sabemos. Y aun así, la reacción institucional cada vez que el suelo se manifiesta es la misma cara de sorpresa de quien descubre que el agua moja. "¿Un hundimiento? ¿Aquí? ¿En la ciudad más hundida del hemisferio?" No, cómo cree.
Que conste: aplaudimos que fuera en una zona confinada, sin gente, en pleno taller. Ese es exactamente el lugar donde uno quiere que sus trenes practiquen sus caídas. Mejor un vagón coqueteando con la gravedad entre maniobras internas que un convoy lleno a la hora pico. En eso, suerte tuvimos.
Pero la moraleja queda flotando sobre el fango: podemos comprar trenes nuevos, modernizar señales y pintar estaciones, que mientras la ciudad siga descendiendo unos centímetros al año como un elevador averiado, el mejor aparato de cambio de vía del mundo seguirá compitiendo contra un rival invencible. La geología no negocia, no se amilana con boletines y no entiende de presupuestos. Solo baja. Despacito, pero baja. Y nosotros, encima, seguimos poniendo rieles y cruzando los dedos.