El casino que traía datáfono: emprendimiento de azar junto al carrito de elotes
Tamaño de letra
En Iztapalapa, la Policía capitalina desmanteló lo que ya podríamos declarar patrimonio del ingenio nacional: un casino ambulante montado bajo una carpa en el estacionamiento de una tienda de autoservicio, sobre la calzada Ermita. El giro era sencillo y perverso. Invitaban a los transeúntes a participar en juegos de azar ofreciendo electrodomésticos como premio y, cuando la gente picaba el anzuelo, el asunto derivaba en cobros excesivos y en amedrentar a los participantes. Vamos, el clásico modelo de negocio donde tú entras por una licuadora y sales debiendo una lavadora.
Hay que quitarse el sombrero ante la logística. Instalar un centro de apuestas entre el carrito de los elotes y la entrada del súper, con carpa, terminales de cobro y hasta electrodomésticos de exhibición, requiere una visión empresarial que muchas startups con oficina y café de máquina quisieran. Detectaron una necesidad de mercado —la gente pasa, la gente se aburre, la gente quiere una batidora— y montaron una economía informal completa a plena luz del día, bajo las cámaras del C5 que, para su desgracia, sí estaban prendidas.
Porque ese es el detalle poético: los agentes los ubicaron gracias a la videovigilancia de los centros de monitoreo, observaron cómo invitaban a jugar y prometían premios, y cuando llegó la patrulla los organizadores intentaron la maniobra empresarial de emergencia conocida como "correr". Interceptaron a tres. En la revisión les aseguraron drogas, teléfonos, juegos de azar, terminales de cobro y, por supuesto, los electrodomésticos estrella. Léase de nuevo: terminales de cobro. El casino clandestino de la banqueta aceptaba tarjeta.
Y aquí es donde el país se dobla sobre sí mismo, porque justo esta semana supimos que una cadena formal de tiendas de descuento está probando dejar de aceptar tarjetas para ahorrar costos operativos, quedándose solo con efectivo o transferencia. Que alguien me explique el orden del universo: el negocio ilegal, montado en una carpa, con premio de licuadora y método de intimidación incluido, te ofrece pago con plástico; la tienda con razón social, techo y horario, te dice que traigas cash. El crimen se moderniza mientras el comercio formal retrocede a la caja de zapatos.
La lección para el consumidor es amarga y clara. En esta ciudad puedes perder tu dinero de mil formas creativas, pero pocas tan honestas en su deshonestidad como una carpa que te ofrece un microondas y te devuelve una amenaza. Al menos ahí sabías desde el principio que la casa siempre gana. En otros lados te enteras hasta que llega el estado de cuenta.
Hay que quitarse el sombrero ante la logística. Instalar un centro de apuestas entre el carrito de los elotes y la entrada del súper, con carpa, terminales de cobro y hasta electrodomésticos de exhibición, requiere una visión empresarial que muchas startups con oficina y café de máquina quisieran. Detectaron una necesidad de mercado —la gente pasa, la gente se aburre, la gente quiere una batidora— y montaron una economía informal completa a plena luz del día, bajo las cámaras del C5 que, para su desgracia, sí estaban prendidas.
Porque ese es el detalle poético: los agentes los ubicaron gracias a la videovigilancia de los centros de monitoreo, observaron cómo invitaban a jugar y prometían premios, y cuando llegó la patrulla los organizadores intentaron la maniobra empresarial de emergencia conocida como "correr". Interceptaron a tres. En la revisión les aseguraron drogas, teléfonos, juegos de azar, terminales de cobro y, por supuesto, los electrodomésticos estrella. Léase de nuevo: terminales de cobro. El casino clandestino de la banqueta aceptaba tarjeta.
Y aquí es donde el país se dobla sobre sí mismo, porque justo esta semana supimos que una cadena formal de tiendas de descuento está probando dejar de aceptar tarjetas para ahorrar costos operativos, quedándose solo con efectivo o transferencia. Que alguien me explique el orden del universo: el negocio ilegal, montado en una carpa, con premio de licuadora y método de intimidación incluido, te ofrece pago con plástico; la tienda con razón social, techo y horario, te dice que traigas cash. El crimen se moderniza mientras el comercio formal retrocede a la caja de zapatos.
La lección para el consumidor es amarga y clara. En esta ciudad puedes perder tu dinero de mil formas creativas, pero pocas tan honestas en su deshonestidad como una carpa que te ofrece un microondas y te devuelve una amenaza. Al menos ahí sabías desde el principio que la casa siempre gana. En otros lados te enteras hasta que llega el estado de cuenta.