Veinticinco metros de nada: la ciclovía existencialista de Guadalajara
Tamaño de letra
Existe en Guadalajara, en el cruce donde Plan de San Luis se topa con Jorge Álvarez del Castillo, una obra que merece placa, guía de turistas y quizá una beca cultural: una ciclovía de veinticinco metros que no conecta con ninguna otra ciclovía, no arranca en ningún lado y no desemboca en ningún destino. Veinticinco metros. Menos de lo que uno camina para ir del sillón al refrigerador.
La modernidad, nos dicen, nos empuja hacia la bicicleta. Y quién podría oponerse: pedalear es sano, ecológico y no gasta gasolina. El problema es cuando la infraestructura para pedalear parece diseñada por alguien que nunca ha visto una bicicleta y que confundió la palabra ciclovía con la palabra instalación artística. Porque eso es este tramo: arte conceptual urbano. Un monumento a la nada, para que el ciclista viva la experiencia existencial de avanzar de la nada hacia la nada y regresar, contemplando en el trayecto la fugacidad de la vida y la solidez de los presupuestos.
Uno se imagina la inauguración: el moño tricolor, las tijeras, el discurso sobre la movilidad del futuro, y luego el silencio incómodo cuando alguien pregunta a dónde lleva. A ningún lado, señores. Y ahí está su grandeza: es la única obra pública de este país que cumple exactamente lo que promete, porque no prometió nada.
En una ciudad donde las verdaderas ciclovías se cortan a media cuadra, donde el ciclista compite con camiones a la altura del retrovisor, y donde un bache puede tragarse una llanta entera, dedicar veinticinco metros de asfalto a la contemplación pura es, cuando menos, un acto de honestidad. No lo va a llevar a su trabajo, pero tampoco le va a mentir.
Así que la próxima vez que pase por ahí, bájese de la bici, párese en medio de los veinticinco metros y disfrute. Está usted en el corazón de la modernidad tapatía: un carril perfectamente pavimentado, perfectamente señalizado y perfectamente inútil. Pedalee de la nada a la nada. Es gratis, es sano y, como buena parte de las promesas de campaña, no lo lleva a ninguna parte.
La modernidad, nos dicen, nos empuja hacia la bicicleta. Y quién podría oponerse: pedalear es sano, ecológico y no gasta gasolina. El problema es cuando la infraestructura para pedalear parece diseñada por alguien que nunca ha visto una bicicleta y que confundió la palabra ciclovía con la palabra instalación artística. Porque eso es este tramo: arte conceptual urbano. Un monumento a la nada, para que el ciclista viva la experiencia existencial de avanzar de la nada hacia la nada y regresar, contemplando en el trayecto la fugacidad de la vida y la solidez de los presupuestos.
Uno se imagina la inauguración: el moño tricolor, las tijeras, el discurso sobre la movilidad del futuro, y luego el silencio incómodo cuando alguien pregunta a dónde lleva. A ningún lado, señores. Y ahí está su grandeza: es la única obra pública de este país que cumple exactamente lo que promete, porque no prometió nada.
En una ciudad donde las verdaderas ciclovías se cortan a media cuadra, donde el ciclista compite con camiones a la altura del retrovisor, y donde un bache puede tragarse una llanta entera, dedicar veinticinco metros de asfalto a la contemplación pura es, cuando menos, un acto de honestidad. No lo va a llevar a su trabajo, pero tampoco le va a mentir.
Así que la próxima vez que pase por ahí, bájese de la bici, párese en medio de los veinticinco metros y disfrute. Está usted en el corazón de la modernidad tapatía: un carril perfectamente pavimentado, perfectamente señalizado y perfectamente inútil. Pedalee de la nada a la nada. Es gratis, es sano y, como buena parte de las promesas de campaña, no lo lleva a ninguna parte.