Cuatro zorrillos y el único olor honesto del estado
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Buenas noticias en medio del diluvio: no todos los que huelen mal en Guanajuato andan en la boleta. El viernes por la tarde, cuando la capital vivía una de esas granizadas que dejan la zona centro convertida en licuadora, unos vecinos del rumbo de Pozuelos —por el bulevar Guanajuato, cerca de las oficinas de la CFE— encontraron a cuatro zorrillitos recién nacidos, empapados y temblando de hipotermia. Sin mamá a la vista. El colectivo Tlacuatzín Rescue acudió al llamado y ahora los tiene bajo su resguardo, secándolos, calentándolos y devolviéndolos a la vida a fuerza de paciencia.
Conviene detenerse en la escena, porque tiene todo lo que la política local promete y no cumple: alguien vio un problema, lo reportó, y alguien más llegó a resolverlo sin cortar un listón ni convocar a la prensa. Cuatro criaturas diminutas rescatadas de la lluvia por gente que ni siquiera pidió una foto. En un estado donde el verbo de moda es 'huyeron', aquí por fin alguien se quedó.
Hay, además, una justicia poética deliciosa. Durante meses nos han explicado que en Guanajuato ciertos aromas se aguantan: el del drenaje que no jala, el de la basura que regresa a la avenida Primavera aunque la barran, el de las promesas recalentadas de campaña. Y resulta que los únicos que de verdad tienen derecho a oler feo —cuatro zorrillos de días de nacidos— son también los únicos a los que nadie les reclama nada. No dan ruedas de prensa, no rompen récords de firmas, no defienden a nadie por presión política. Solo apestan honestamente, que a estas alturas es casi una virtud cívica.
Ojalá el colectivo consiga sacarlos adelante y devolverlos al monte. Y ojalá cunda el ejemplo: si la ciudad pudiera reaccionar ante un socavón con la misma prontitud con que estos vecinos reaccionaron ante cuatro bolitas de pelo mojado, el Bajío sería otro. Por lo pronto, un aplauso para los rescatistas y una disculpa para los zorrillos: bienvenidos a Guanajuato, chamacos. Aquí, mientras no anden de candidatos, el que huele mal es bien recibido.
Conviene detenerse en la escena, porque tiene todo lo que la política local promete y no cumple: alguien vio un problema, lo reportó, y alguien más llegó a resolverlo sin cortar un listón ni convocar a la prensa. Cuatro criaturas diminutas rescatadas de la lluvia por gente que ni siquiera pidió una foto. En un estado donde el verbo de moda es 'huyeron', aquí por fin alguien se quedó.
Hay, además, una justicia poética deliciosa. Durante meses nos han explicado que en Guanajuato ciertos aromas se aguantan: el del drenaje que no jala, el de la basura que regresa a la avenida Primavera aunque la barran, el de las promesas recalentadas de campaña. Y resulta que los únicos que de verdad tienen derecho a oler feo —cuatro zorrillos de días de nacidos— son también los únicos a los que nadie les reclama nada. No dan ruedas de prensa, no rompen récords de firmas, no defienden a nadie por presión política. Solo apestan honestamente, que a estas alturas es casi una virtud cívica.
Ojalá el colectivo consiga sacarlos adelante y devolverlos al monte. Y ojalá cunda el ejemplo: si la ciudad pudiera reaccionar ante un socavón con la misma prontitud con que estos vecinos reaccionaron ante cuatro bolitas de pelo mojado, el Bajío sería otro. Por lo pronto, un aplauso para los rescatistas y una disculpa para los zorrillos: bienvenidos a Guanajuato, chamacos. Aquí, mientras no anden de candidatos, el que huele mal es bien recibido.