Boletín del insomnio: la ciudad que no duerme, no vende y no tiene visa
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Amaneció la capital con ojeras de funcionario en quincena y con un especialista recordándonos, muy oportuno, que dormir mal no es normal: que el insomnio crónico no es carácter, es síntoma, y que un cerebro que no descansa se queda en estado de alerta más tiempo del necesario. Descripción exacta de esta ciudad, donde no dormir es prácticamente un requisito para ser habitante activo. Aquí el que descansa se distrae, y el que se distrae amanece sin lugar en la banqueta.
Prueba viviente fue la Alameda Central, que estrenó su primer fin de semana sin ambulantaje con la contundencia de doce puestos colocados de ciento sesenta y uno. Doce. Un número tan modesto que más que reordenamiento parece redondeo hacia abajo. El gobierno capitalino, optimista como militante que todavía cree en el futuro del PRD, asegura que el modelo «perdurará». Y para que no falte contraste, los comerciantes de siempre bloquearon el Eje Central exigiendo «trato parejo», esa frase mística que en esta ciudad significa: si a mí me quitan, que le quiten a todos; y si a alguien le permiten, permítanme también. Catorce años después de su rehabilitación, la Alameda sigue disputándose banca por banca, como herencia de tío rico sin testamento.
En el frente diplomático, la jornada la dominó una revocación de visa que ascendió a asunto de Estado. La presidenta filosofó que «una visa no define a una persona», verdad del mismo calibre que decir que un boleto no define al pasajero, aunque sin él uno se queda parado en el andén viendo pasar el avión. La embajada, poeta a su manera, respondió que «las visas son un privilegio, no un derecho». El aludido denunció un proceder «al estilo hitleriano» y aclaró que no le afecta perderse aquellos «tiempos decadentes y lamentables»; postura firme que un familiar suavizó desde Disneylandia, sonriendo junto al castillo con la serenidad de quien sí trae el privilegio en la bolsa. Morena, para no dejar el trámite al azar, convocó a doscientas dos asambleas «por la soberanía», porque nada dice soberanía nacional como organizar la respuesta colectiva a una ventanilla consular.
La movilidad tampoco durmió. Los monopatines, en su fase de prueba —extendida hasta fin de mes, cómo no—, ampliaron horizontes e invadieron el carril confinado del Metrobús, ese espacio que se llama «confinado» precisamente para que nada se le meta. Ciento diecisiete mil viajes después, la autoridad promete estudiar «patrones de uso»; los vecinos ya identificaron el patrón estrella: el scooter abandonado a media banqueta, monumento efímero a la micromovilidad y trampa cazatobillos para el peatón distraído.
Mientras la ciudad se reordena por arriba, se desordena por dentro. Una grúa dejó caer una trabe en Iztacalco, una pluma de veinte metros se vino abajo en la misma alcaldía, y en el vecino Estado de México una estructura se desplomó sobre una camioneta con desenlace fatal. La gravedad, esa señora que no atiende pruebas piloto ni respeta calendarios de reordenamiento, sigue trabajando horas extra sin cobrar prestaciones.
En lo institucional, el INE reportó la salida de ochocientos treinta y seis profesionales en seis meses, cifra que la autoridad llamará seguramente «optimización» y los exconsejeros «vísperas de 2027». Nada como llegar ligerito de personal a organizar una elección, con la misma calma con la que uno sale de vacaciones dejando la casa sin llaves. Y por si faltaba drama de utilería, al PRD capitalino le tienen congelados más de ochenta millones de pesos mientras dos grupos se disputan quién manda en un partido cuyo principal reto ya no es ganar, sino demostrar que existe.
Así que si esta noche no logra conciliar el sueño, capitalino, no se alarme ni corra a buscar diagnóstico: quizá no sea insomnio, sino patriotismo aplicado. La ciudad entera está despierta, vigilando su puesto, su carril, su visa, su prerrogativa y la trabe que cuelga sobre su cabeza. Duerma cuando pueda, aunque sea de a ratos. Preferentemente, lejos de una grúa y con el monopatín amarrado.
Prueba viviente fue la Alameda Central, que estrenó su primer fin de semana sin ambulantaje con la contundencia de doce puestos colocados de ciento sesenta y uno. Doce. Un número tan modesto que más que reordenamiento parece redondeo hacia abajo. El gobierno capitalino, optimista como militante que todavía cree en el futuro del PRD, asegura que el modelo «perdurará». Y para que no falte contraste, los comerciantes de siempre bloquearon el Eje Central exigiendo «trato parejo», esa frase mística que en esta ciudad significa: si a mí me quitan, que le quiten a todos; y si a alguien le permiten, permítanme también. Catorce años después de su rehabilitación, la Alameda sigue disputándose banca por banca, como herencia de tío rico sin testamento.
En el frente diplomático, la jornada la dominó una revocación de visa que ascendió a asunto de Estado. La presidenta filosofó que «una visa no define a una persona», verdad del mismo calibre que decir que un boleto no define al pasajero, aunque sin él uno se queda parado en el andén viendo pasar el avión. La embajada, poeta a su manera, respondió que «las visas son un privilegio, no un derecho». El aludido denunció un proceder «al estilo hitleriano» y aclaró que no le afecta perderse aquellos «tiempos decadentes y lamentables»; postura firme que un familiar suavizó desde Disneylandia, sonriendo junto al castillo con la serenidad de quien sí trae el privilegio en la bolsa. Morena, para no dejar el trámite al azar, convocó a doscientas dos asambleas «por la soberanía», porque nada dice soberanía nacional como organizar la respuesta colectiva a una ventanilla consular.
La movilidad tampoco durmió. Los monopatines, en su fase de prueba —extendida hasta fin de mes, cómo no—, ampliaron horizontes e invadieron el carril confinado del Metrobús, ese espacio que se llama «confinado» precisamente para que nada se le meta. Ciento diecisiete mil viajes después, la autoridad promete estudiar «patrones de uso»; los vecinos ya identificaron el patrón estrella: el scooter abandonado a media banqueta, monumento efímero a la micromovilidad y trampa cazatobillos para el peatón distraído.
Mientras la ciudad se reordena por arriba, se desordena por dentro. Una grúa dejó caer una trabe en Iztacalco, una pluma de veinte metros se vino abajo en la misma alcaldía, y en el vecino Estado de México una estructura se desplomó sobre una camioneta con desenlace fatal. La gravedad, esa señora que no atiende pruebas piloto ni respeta calendarios de reordenamiento, sigue trabajando horas extra sin cobrar prestaciones.
En lo institucional, el INE reportó la salida de ochocientos treinta y seis profesionales en seis meses, cifra que la autoridad llamará seguramente «optimización» y los exconsejeros «vísperas de 2027». Nada como llegar ligerito de personal a organizar una elección, con la misma calma con la que uno sale de vacaciones dejando la casa sin llaves. Y por si faltaba drama de utilería, al PRD capitalino le tienen congelados más de ochenta millones de pesos mientras dos grupos se disputan quién manda en un partido cuyo principal reto ya no es ganar, sino demostrar que existe.
Así que si esta noche no logra conciliar el sueño, capitalino, no se alarme ni corra a buscar diagnóstico: quizá no sea insomnio, sino patriotismo aplicado. La ciudad entera está despierta, vigilando su puesto, su carril, su visa, su prerrogativa y la trabe que cuelga sobre su cabeza. Duerma cuando pueda, aunque sea de a ratos. Preferentemente, lejos de una grúa y con el monopatín amarrado.