La soberanía se defiende mejor en Disneylandia
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Hay trámites que nacen pequeños y crecen hasta volverse doctrina. La revocación de una visa a un particular —hijo de expresidente, eso sí— pasó en cuestión de horas de la ventanilla consular al terreno de la epopeya nacional, y de ahí a las redes, que es donde hoy se libran las guerras que antes ocupaban gabinetes.
El afectado abrió el fuego calificando la decisión de acto «politiquero y propagandístico, al estilo hitleriano», en una carta dirigida nada menos que al presidente estadounidense, y aclarando que no le quita el sueño dejar de visitar un país que atraviesa tiempos «decadentes y lamentables». Declaración valiente, del tipo del que asegura que la fiesta a la que no fue invitado estaba aburridísima.
La presidenta, siempre dispuesta a elevar el debate, aportó su máxima: «una visa no define a una persona», y enlistó las virtudes que sí definen a un funcionario de la transformación, entre ellas la convicción. Difícil discutirlo. También es cierto que la convicción, por firme que sea, no forma fila migratoria ni pasa por el filtro del aeropuerto.
Del otro lado, la embajada respondió con la frialdad de un manual: «las visas son un privilegio, no un derecho», y remató que se cancelarán cuando existan motivos, sin importar identidad, residencia ni ideología. El secretario de Estado subió la apuesta advirtiendo que cualquier extranjero contrario a los intereses de su país perderá el permiso. Más de ciento setenta y cinco mil visas retiradas después, el mensaje quedó claro.
El toque maestro lo puso un familiar del aludido, que eligió justo estos días para compartir fotos sonrientes desde Disneylandia, recordándole al respetable que el privilegio, cuando se tiene, se disfruta junto al castillo. Y Morena, para que la indignación no se enfriara, convocó a doscientas dos asambleas «por la soberanía». Nunca una ventanilla había movilizado tanto. Si la soberanía se midiera en juntas vecinales, ya seríamos potencia.
El afectado abrió el fuego calificando la decisión de acto «politiquero y propagandístico, al estilo hitleriano», en una carta dirigida nada menos que al presidente estadounidense, y aclarando que no le quita el sueño dejar de visitar un país que atraviesa tiempos «decadentes y lamentables». Declaración valiente, del tipo del que asegura que la fiesta a la que no fue invitado estaba aburridísima.
La presidenta, siempre dispuesta a elevar el debate, aportó su máxima: «una visa no define a una persona», y enlistó las virtudes que sí definen a un funcionario de la transformación, entre ellas la convicción. Difícil discutirlo. También es cierto que la convicción, por firme que sea, no forma fila migratoria ni pasa por el filtro del aeropuerto.
Del otro lado, la embajada respondió con la frialdad de un manual: «las visas son un privilegio, no un derecho», y remató que se cancelarán cuando existan motivos, sin importar identidad, residencia ni ideología. El secretario de Estado subió la apuesta advirtiendo que cualquier extranjero contrario a los intereses de su país perderá el permiso. Más de ciento setenta y cinco mil visas retiradas después, el mensaje quedó claro.
El toque maestro lo puso un familiar del aludido, que eligió justo estos días para compartir fotos sonrientes desde Disneylandia, recordándole al respetable que el privilegio, cuando se tiene, se disfruta junto al castillo. Y Morena, para que la indignación no se enfriara, convocó a doscientas dos asambleas «por la soberanía». Nunca una ventanilla había movilizado tanto. Si la soberanía se midiera en juntas vecinales, ya seríamos potencia.