Doce puestos y una promesa: la Alameda estrena su vacío
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Hay victorias que se miden en números redondos y otras que se miden en números tímidos. La Alameda Central vivió su primer fin de semana bajo el nuevo reordenamiento y el marcador final fue de doce puestos instalados de ciento sesenta y uno autorizados. Es decir: de cada trece comerciantes convocados, doce se quedaron en la banca. Un debut discreto que la autoridad, con fe inquebrantable, describe como un modelo que «perdurará».
Que perdure, ojalá. Pero conviene recordar que el mismo parque lleva catorce años intentando recuperarse de su propia rehabilitación: piso roto en varias zonas, bancas pintarrajeadas y el Hemiciclo a Juárez rodeado de vallas, como monumento en libertad condicional. Recuperar la Alameda no es evento de un sábado; es una obra por entregas que ya lleva más temporadas que cualquier telenovela.
Mientras doce valientes acomodaban su mercancía, los comerciantes de siempre montaron su propia función a unas cuadras: bloquearon el Eje Central en su cruce con avenida Juárez para exigir «trato parejo». Denunciaron que a unos se les permite extenderse en el primer cuadro mientras a otros se les impide trabajar, y sacaron a relucir el argumento predilecto del ambulantaje capitalino, ese que no falla: si va a haber reglas, que sean para todos; y si no va a haberlas, que tampoco sean para mí.
Las secretarías de Gobierno y de Seguridad desplegaron un contingente respetable para impedir la instalación de puestos frente a Bellas Artes, y aun así el cierre aguantó todo el día, con sus consecuentes nudos viales. Porque en esta ciudad se puede reordenar el espacio público, confinarlo, vallarlo y peatonalizarlo, pero convencer a un comerciante de que su lugar de siempre ya no es suyo requiere algo más que un operativo: requiere un milagro, y esos no se colocan con vallas.
Que perdure, ojalá. Pero conviene recordar que el mismo parque lleva catorce años intentando recuperarse de su propia rehabilitación: piso roto en varias zonas, bancas pintarrajeadas y el Hemiciclo a Juárez rodeado de vallas, como monumento en libertad condicional. Recuperar la Alameda no es evento de un sábado; es una obra por entregas que ya lleva más temporadas que cualquier telenovela.
Mientras doce valientes acomodaban su mercancía, los comerciantes de siempre montaron su propia función a unas cuadras: bloquearon el Eje Central en su cruce con avenida Juárez para exigir «trato parejo». Denunciaron que a unos se les permite extenderse en el primer cuadro mientras a otros se les impide trabajar, y sacaron a relucir el argumento predilecto del ambulantaje capitalino, ese que no falla: si va a haber reglas, que sean para todos; y si no va a haberlas, que tampoco sean para mí.
Las secretarías de Gobierno y de Seguridad desplegaron un contingente respetable para impedir la instalación de puestos frente a Bellas Artes, y aun así el cierre aguantó todo el día, con sus consecuentes nudos viales. Porque en esta ciudad se puede reordenar el espacio público, confinarlo, vallarlo y peatonalizarlo, pero convencer a un comerciante de que su lugar de siempre ya no es suyo requiere algo más que un operativo: requiere un milagro, y esos no se colocan con vallas.